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No me preguntes por qué

RELATO

 

Eran aproximadamente las diez de la mañana. A esta hora, en aquel pueblo, ya se sentía un calor infernal. Sudando de a montones, Henry Foster alargó su brazo, sacó el pañuelo azul de su bolsa y lentamente se comenzó a secar.

Después, mirando hacia lo alto, sus ojos se encontraron con la luz muy brillante del sol. Henry Foster arrugó los ojos, a modo de protección. Parado en la esquina, su rostro mostraba mucha paz interior. Henry Foster parecía ser ahora una especie de monje budista, pero vestido con ropas de ciudadano común y corriente.

“Hey”, se saludó así mismo el joven. En su mente, él, una y otra vez lo veía todo suceder. Cada acontecimiento; uno más triste que el otro. Pero nadie más, excepto él mismo, había podido ver todo aquello: “POBREZA, DIFERENCIA DE CLASES SOCIALES Y ECONÓMICAS…, RACIALES, FÍSICAS; Etc, etc…”.

Así que ahora él había decidido no ver más todo aquello. Estaba más que cansado. Y sus ojos, a pesar de todo el tiempo estar tratando de ignorar todo aquello, simplemente ya no podían soportarlo más.

“Hey”, otra vez se saludó así mismo, mientras esperaba muy pacientemente junto a aquel poste de luz. “¿Sabes qué hora es?”, quiso saber.

Debían de ser ya como las 10:36 cuando finalmente, a pasos lentos, se dirigió al interior de aquel lugar, una tienda de chucherias. Estando ya en el interior, a sus ojos le tomó varios segundos ver claramente.

“Hey”: Henry Foster se repitió así mismo. Era como si buscase recordarse así mismo que, a pesar de todo su dolor, su cuerpo aún seguía habitado este mundo que él siempre había detestado.

“Hey. ¿Sabes qué hora es…?”

A continuación, haciendo acopio la poca fuerza que le quedaba, sus dos manos se pusieron a apretar aquel pedazo de cuerda. Aquel cuello en aquel cuerpo, comenzó a ponerse rojo, muy rojo.

Henry Foster, sin dejar de apretar, después de más de dos minutos transcurridos, comenzó a sentir cómo aquel cuerpo se iba ablandando. Los dos pies, calzados con zapatillas de color amarillo, poco a poco se fueron apagando, y los ojos también.

“Hey”, volvió a repetir Henry Foster. Su mirada, que tan cansada la sentía, como si de una cámara lenta se tratase, fue recorriendo el cuerpo entero de la mujer.

“Creo que te he hecho un favor”, musitó el joven, mientras miraba aquel rostro. “Y, ¡NO ME PREGUNTES POR QUÉ…! Yo no lo sé, aunque siempre quise y traté de explicártelo ”.  “Este mundo es muy cruel, feo e injusto… Y tú también fuiste muy cruel conmigo. Así que…”.

Sin dejar de reflexionar consigo mismo, Henry Foster se dio la vuelta y nuevamente salió hacia el exterior, en donde todas las cosas feas a su alrededor ¡otra vez comenzaron a producirle una tristeza muy profunda!

“¡Ya no quiero ver más todo esto!”, exclamó para sus adentros Henry Foster. Parado todavía junto a la entrada de aquel lugar, alzó su rostro para otra vez mirar directamente el brillo del sol. Esta era una de las pocas que le gustaban de verdad: su brillo.

Después, una bala le reventó toda la boca. Henry Foster se había disparado así mismo, logrando así al fin lo que tanto deseaba y quería: “YA NO VER MÁS TODA LA FEALDAD DE TODO ESE MUNDO  ALREDEDOR SUYO”.

ANTHONY FLEMING SMART
Mayo/04/2026
2:36 p.m. 3:24 p.m. Lunes

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