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Oswaldo Chacón Rojas, entre la Universidad y la política

El jurista que conoce las entrañas del sistema electoral, volvió a su alma mater para dirigirla hasta 2030

Egresado, profesor y hoy rector de la Universidad Autónoma de Chiapas, Oswaldo Chacón Rojas llega a la conducción universitaria después de una larga incursión por la vida pública. Su reto consiste en hacer crecer una institución enclavada en el estado con el mayor rezago en educación superior del país, mientras intenta resolver problemas financieros acumulados durante años y adaptar la enseñanza a un mundo que está cambiando demasiado rápido

Alberto Carbot

 

Hay un dato familiar que ayuda a entender la relación de Oswaldo Chacón Rojas con la Universidad Autónoma de Chiapas. Su madre trabajó durante 25 años en esta institución, parte de ese tiempo en la Facultad de Medicina, donde se encargó del laboratorio utilizado por los estudiantes. Décadas después, el hijo ocupa la Rectoría. Lo cuenta sin cargar demasiado la escena y dice que ella es quizá la más sorprendida al ver cómo la vida termina colocando a su hijo al frente de la universidad donde trabajó buena parte de la suya.

Chacón nació en Tuxtla Gutiérrez en 1976, estudió Derecho en la histórica facultad de San Cristóbal de Las Casas y después continuó su formación en España. La teoría política, el derecho electoral, los derechos humanos y los pueblos indígenas fueron ocupando un espacio cada vez mayor en su trabajo académico. Más tarde realizó también una estancia de investigación en Canadá. Aunque durante buena parte de su trayectoria entró y salió de la administración pública, la universidad permanece como una constante.

Desde 2005 es profesor de tiempo completo de la UNACH y todavía conserva una materia en el doctorado.

—¿Sigues dando clases?

—Sí. Tengo una materia en el doctorado. Disfruto mucho dar clases. Ahora es una materia al año porque, siendo rector, tengo que ocuparme del resto de la agenda universitaria, pero el hecho de serlo no me ha alejado del aula.

Chacón no habla de la docencia como una actividad superada por los cargos. La mantiene en la medida que su responsabilidad actual se lo permite y sigue considerándola parte de su oficio universitario.

Viste sin ceremonia, camisa verde de cuadros pequeños, pantalón caqui y zapatos cafés. Lleva el cabello corto, ya entrecano, y unos lentes negros de armazón grueso que enmarcan un rostro ancho, de facciones suaves y expresión abierta. Tiene complexión media y, sentado en un sillón gris, mantiene el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, las manos juntas, atento a la conversación. Sonríe con facilidad, aunque cuando escucha su expresión se concentra sin volverse distante.

La entrevista ocurre en una sala sencilla de la Rectoría, más funcional que solemne. Las paredes claras están interrumpidas por una pintura de colores intensos y, a un costado, la bandera mexicana permanece protegida dentro de una vitrina. Los sillones grises, algunos cojines amarillos y unas flores dan calidez al espacio. Entre ambos queda una mesa baja de cristal con café, papeles y el equipo de grabación. Chacón habla desde su sillón con la familiaridad de quien se siente cómodo en el lugar, pero el gesto cambia cuando la conversación se enfoca en asuntos más difíciles.

Cuando entra a la vida pública

Su paso por las instituciones gubernamentales comenzó temprano y adquirió una orientación muy definida cuando le correspondió participar en la construcción de los mecanismos de fiscalización electoral de Chiapas. Recuerda una época en la que los partidos podían comprobar gastos públicos mediante recibos simples y copias de credenciales, mientras las aportaciones privadas escapaban con facilidad a una vigilancia que todavía era rudimentaria.

—Había que corregir muchas cosas. Era un desorden el manejo financiero de los partidos políticos. Todos justificaban el uso del recurso público con recibos simples y había unos orificios tremendos —me dice.

Le tocó participar en la puesta en marcha de la Contraloría de la Legalidad Electoral y comenzó a establecer controles sobre precampañas, gastos y propaganda. Después pasó por la Cámara de Diputados, donde trabajó en el área de estudios parlamentarios, regresó a Chiapas para dirigir la Facultad de Derecho de la UNACH y más tarde ocupó la Rectoría de la Universidad Intercultural.

En 2016 llegó al Instituto de Elecciones y Participación Ciudadana. Permaneció siete años al frente de un organismo que opera en uno de los estados políticamente más complejos del país. Hay conflictos municipales, disputas partidistas y elecciones que comienzan a desarrollarse en regiones donde la violencia altera condiciones que durante mucho tiempo se habían considerado normales.

—La elección del 18 me sacó canas. Fue muy difícil arbitrar esa elección. Y la del 21 igual, porque ya empezó a notarse el tema de la injerencia del crimen organizado y la inseguridad —señala.

Su experiencia electoral aparece nuevamente cuando hablamos de las candidaturas reservadas a población indígena. Chacón recuerda aspirantes cuya pertenencia comunitaria resulta difícil de conciliar con su propia trayectoria pública y procedimientos en los que el IEPC decide ir más allá del documento presentado. Funcionarios electorales acuden directamente a las comunidades para tratar de verificar los vínculos y, aun así, aparecen casos dudosos. Reconoce que jurídicamente entran en terrenos difíciles, aunque recuerda que algunas de aquellas decisiones finalmente reciben respaldo de los tribunales. Para alguien que antes estudia académicamente los derechos de los pueblos indígenas, el problema deja entonces de ser teórico y se convierte en una decisión con consecuencias políticas.

Volver a la UNACH

Cuando concluyó su periodo electoral, Chacón regresó a la vida universitaria y en diciembre de 2024 la Junta de Gobierno lo designó rector para terminar el periodo en curso. En junio de este año recibió ya un mandato propio que concluirá en 2030. Llega a una universidad que intenta ampliar su matrícula dentro de un estado donde la cobertura de educación superior continúa en el último lugar nacional.

—¿Qué tendría que ocurrir de aquí a 2030 para que puedas decir que la UNACH contribuyó realmente a modificar ese rezago y no solamente a incrementar algunos miles de lugares?

—El problema no es solamente cuántos jóvenes podemos aceptar en la universidad. Hay muchos que ni siquiera llegan a la preparatoria. Tenemos que cruzar la cobertura con la absorción. Cuando terminan la prepa, una proporción importante sí busca continuar estudiando; el gran problema es cuántos quedaron en el camino antes de llegar ahí.

La observación cambia el sitio desde donde se mira el problema. La universidad recibe la consecuencia final de rezagos que comienzan años antes. Chacón habla de alumnos que llegan con dificultades de comprensión lectora, razonamiento lógico y matemáticas, jóvenes que carecen de hábitos de lectura o que descubren demasiado tarde que eligieron una carrera sin haber tenido una orientación vocacional suficiente. La UNACH, a diferencia de muchas universidades autónomas, tampoco cuenta con un sistema propio de bachillerato que le permita intervenir previamente en la formación de esos estudiantes.

A esa desigualdad académica se suma otra que resulta más difícil de resolver con un cambio curricular. Algunos universitarios tienen que trabajar, sostener parte de los gastos familiares o garantizar primero algo tan elemental como la comida del día.

“No puedes pedirle el mejor desempeño académico a un joven si antes tiene que resolver si ese día va a comer o no”, me dice.

La discusión sobre la calidad educativa adquiere así una dimensión que las estadísticas suelen ocultar.

Aun en esas condiciones, Chacón decide aumentar la matrícula y aplica una política que él resume como “cero espacios vacíos”. Por ello pide a los directores que no rechacen estudiantes mientras exista físicamente manera de recibirlos y hay unidades académicas donde se trabaja hasta en tres turnos. Cada lugar adicional, sin embargo, significa más horas de clase, profesores, servicios y mantenimiento, mientras el presupuesto no avanza necesariamente con la misma rapidez.

—¿A cuánto asciende hoy la deuda de la UNACH?

—Tenemos alrededor de 700 millones de pesos, pero hubo un momento en que llegó a ser de más de mil 500 millones, solamente con el ISSSTE. En 2022 se pactó una reestructuración a quince años y existe un compromiso del gobierno del estado de ir cubriendo esa deuda mediante subsidios extraordinarios.

Chacón explica que durante años la universidad creció más rápido que su capacidad financiera y que algunas administraciones llegaron a enfrentar una disyuntiva áspera entre atender obligaciones fiscales o asegurar la nómina. La deuda histórica se combina ahora con una plantilla que envejece y empieza a generar mayores compromisos por jubilaciones y finiquitos. De ahí surge su convicción de que las universidades públicas deberán seguir recibiendo recursos públicos, pero tendrán también que aprender a obtener ingresos por conocimientos y servicios que hoy producen sin aprovechar suficientemente su valor.

Una universidad que debe salir del cubículo

La UNACH concentra una parte importante de la producción científica de Chiapas, aunque Chacón considera que existe una distancia excesiva entre ese trabajo y las necesidades del entorno. Le preocupa que haya investigación y publicaciones, pero pocas patentes, escasa transferencia tecnológica y todavía una relación insuficiente con empresas, productores y dependencias que podrían utilizar ese conocimiento.

—Tenemos una capacidad científica extraordinaria, pero no estamos generando suficiente transferencia tecnológica. Ha habido un divorcio entre lo que hacemos dentro de la universidad y la realidad de afuera, y eso es lo que queremos transformar.

Marca UNACH nace dentro de esa lógica. La intención es impulsar propiedad intelectual, servicios especializados y proyectos capaces de vincular la investigación universitaria con la agroindustria, la ganadería, la tecnología y los nuevos proyectos de desarrollo del estado. Chacón recuerda que la institución ha formado alrededor de 130 mil profesionistas y que muchos son los primeros integrantes de sus familias que llegan a la universidad. Ese cambio individual es enorme, pero a él le preocupa que semejante esfuerzo no encuentre correspondencia suficiente en los indicadores sociales y económicos de Chiapas.

La discusión se conecta de manera natural con el tipo de profesionistas que la universidad pretende formar. Chacón considera que la enseñanza concentrada durante años dentro del salón llega demasiado tarde al mundo real. Quiere que los estudiantes pasen desde los primeros semestres por empresas, hospitales, despachos, ranchos y otros espacios relacionados con su carrera, para que el contacto profesional deje de reservarse a los meses finales del servicio social.

También ha introducido las microcredenciales, las certificaciones y la posibilidad de reconocer conocimientos adquiridos fuera del aula tradicional. Si un estudiante demuestra que posee una competencia obtenida mediante otro programa serio, considera absurdo obligarlo a repetirla sólo porque así aparece en un plan concebido bajo una idea más rígida de la formación universitaria.

Puntualiza que “al empleador al que van a buscar mañana le va a importar un comino tu título o tu boleta si no puedes demostrar que sabes. Lo que te va a pedir es que acredites tus capacidades”.

La inteligencia artificial acelera esa discusión. La UNACH comienza a incorporar áreas relacionadas con ciencia de datos, inteligencia artificial y semiconductores y al mismo tiempo revisa la manera en que enseña y evalúa. Chacón considera inútil que un profesor continúe encargando los mismos trabajos escritos de hace diez años y después pretenda ignorar que el estudiante dispone de herramientas capaces de elaborarlos en unos minutos.

—¿Entonces cómo saber si el alumno aprendió?

—Regresando al diálogo. Establecer primero que ya sé que utilizó inteligencia artificial, pero ahora que me diga por qué hizo esas preguntas, qué piensa de la respuesta, con qué está de acuerdo y qué haría con esa información.

Para Chacón, la aparición de una tecnología que puede redactar, resumir y resolver tareas obliga a recuperar una práctica mucho más antigua, la del maestro que conversa con el estudiante hasta comprobar si realmente comprende aquello de lo que habla. Lo llama regresar a Sócrates, no como rechazo a la inteligencia artificial, sino como una manera de evitar que su utilización sustituya el razonamiento.

Los jóvenes que la universidad puede perder

La desigualdad vuelve a aparecer cuando hablamos del comedor universitario, que todavía no funciona como él quisiera. Chacón busca patrocinadores para ofrecer alimentos gratuitos o a un costo simbólico y reconoce que algunos estudiantes abandonan sus estudios por razones que tienen poco que ver con su capacidad intelectual.

Ese problema está detrás también de Semillero Ocelote, creado para acompañar desde el bachillerato a jóvenes indígenas de los Altos de Chiapas. La universidad trabaja con ellos en orientación vocacional, conocimientos básicos y apoyo emocional antes del ingreso y posteriormente busca mecanismos para ayudarles a permanecer.

—Empezamos con 108 jóvenes a quienes dimos pase automático y aproximadamente un tercio decidió no continuar. Nos quedan cerca de 80.

—¿Por razones económicas?

—También. Y porque el tiempo que trabajamos previamente con ellos no siempre fue suficiente para proporcionarles las herramientas que necesitan para sortear una carrera universitaria.

La Rectoría busca entonces dependencias y empresas dispuestas a respaldar estudiantes. Algunas aceptan con la condición de recibirlos después para realizar prácticas. Chacón no ve ahí una dificultad, sino una coincidencia con el modelo que pretende impulsar, porque permite ayudar al joven a permanecer y, al mismo tiempo, acercarlo tempranamente al espacio donde algún día tendrá que desempeñarse profesionalmente.

Otro asunto importante tiene que ver con la violencia que atraviesa distintas regiones del estado.

—¿La delincuencia organizada ha penetrado en la universidad?

—Hasta este momento no tenemos un caso delicado de penetración como tal dentro de la UNACH. Hemos reforzado las políticas de prevención y seguridad y creo que eso ha permitido mantenernos al margen, pero evidentemente nuestros jóvenes viven en el mismo contexto que el resto del estado.

Chacón reconoce que el narcomenudeo aumenta y que el acceso a las drogas resulta ahora más sencillo que hace dos décadas. También habla de ansiedad, angustia y otros problemas de salud mental que la universidad detecta entre sus estudiantes, en un entorno donde se mezclan dificultades económicas, conflictos familiares, falta de oportunidades y una relación cada vez más intensa con teléfonos y redes sociales. Frente a ese escenario, considera que ampliar las oportunidades educativas significa también ofrecer alternativas en regiones donde demasiados jóvenes encuentran muy pocas.

 

Después de 2030

Hacia el final de la conversación regreso al personaje que conoce la política desde una posición poco común. Chacón ha fiscalizado partidos, pasado por la Cámara de Diputados, dirigido instituciones universitarias y durante siete años presidido el organismo electoral de Chiapas. Su periodo como rector de la UNACH concluirá en 2030 y para entonces tendrá todavía una larga vida profesional por delante.

—¿Qué sigue después? Tienes experiencia política y conoces las entrañas de los procesos electorales. ¿Has pensado en otros ámbitos de la vida pública, quizá una diputación federal, una senaduría o alguna responsabilidad de mayor alcance?

—Yo entiendo la política como sinónimo de acción, de participación, y soy un convencido de que uno de los grandes retos que tenemos como sociedad es vencer la apatía y el desinterés por los asuntos públicos. Por eso nunca voy a dejar de participar. Ahora me toca estar en la trinchera universitaria y el cien por ciento de mi tiempo está dedicado a la universidad. Después seguramente habrá otras oportunidades de seguir contribuyendo y seguir sirviendo. ¿Dónde? No lo sé aún.

La respuesta deja su futuro en el terreno donde él quiere colocarlo. No compromete una candidatura, aunque tampoco concibe la conclusión de la Rectoría como retiro de los asuntos públicos. La política ha acompañado durante años su vida académica y administrativa y él mismo la entiende de una manera suficientemente amplia como para considerar que seguirá participando después de 2030.

Cuando hacemos el recuento de esa trayectoria aparece nuevamente su madre. Chacón recuerda sus 25 años como trabajadora de la UNACH y el significado que tiene para ella verlo ahora al frente de la institución. Para él, la coincidencia familiar aumenta más bien la responsabilidad que la comodidad del cargo.

—De verdad, estar en esta silla pesa —me dice—. Hay noches complicadas por todo lo que uno quiere resolver. Siempre he tenido mucha vergüenza profesional y pienso en el juicio que va a hacer la historia. Mañana ya no voy a estar aquí y van a preguntar qué hice cuando tuve la oportunidad.

Quizá ahí se encuentra la parte que mejor enlaza sus distintas vidas profesionales. Durante años estudió los controles sobre quienes ejercen funciones públicas, fiscalizó partidos y participó en instituciones construidas para exigir cuentas. Hoy esas preguntas terminan regresando hacia él. En 2030 podrá saberse cuánto logra ampliar la universidad sin deteriorar su calidad, qué sucede con la deuda, si la investigación encuentra mayor utilidad fuera del campus, si el nuevo modelo educativo modifica realmente la formación de los estudiantes y cuántos de los jóvenes que llegan desde las regiones más pobres consiguen mantenerse hasta obtener un título.

Después podrá asumir otra responsabilidad universitaria, volver de lleno a la actividad académica o continuar esa participación pública que él mismo deja abierta. Antes tiene cuatro años para responder, desde la Rectoría, una pregunta que conoce bien porque durante buena parte de su vida profesional se la ha formulado a quienes ejercen el poder. Cuando deje el cargo, la misma pregunta regresará hacia él para saber realmente qué hizo con la oportunidad que tuvo.

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