Por: ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ
Hay problemas que jamás hubiéramos resuelto
si fueran realmente nuestros problemas
Franz Kafka
A todos los gobiernos les encanta la política cosmética. Cambiar nombres es barato; cambiar realidades cuesta dinero, voluntad y trabajo. Lo más fácil es hacer como que hicieron mucho, pero realmente es puro maquillaje. Eso se cae con una lavada de cara. Algo así es lo que han aplicado tanto López Obrador como Claudia Sheinbaum.
Como si no tuvieran ningún logro que destacar, se van por la fácil y ahora vivimos un episodio con aquello de querer cambiar el nombre al Paso de Cortés.
Aquí se lo he dicho: el realismo mágico encontraría en la política mexicana una veta inagotable. Parece mentira, suena increíble, hasta que uno descubre que es verdad, que los políticos hablan en serio. Que nos digan si no hay problemas más graves como para banalizar, pero de eso se trata: de desviar la atención de otros temas que son fundamentales. A veces da la impresión de que el poder encuentra en la nomenclatura una salida sencilla para hacer política, reivindicar discursos y, de paso, generar titulares y darle un raspón a los “conquistadores”.
Precisamente, al inicio de la semana le daba cuenta de la jornada de reforestación en aquella zona de los volcanes. Déjeme decirle que es majestuoso recorrer aquel pasaje entre el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, más cuando hay una fumarola del coloso. Por cierto, yo lo he caminado en múltiples ocasiones. Los problemas de la zona son de seguridad y no de nombre; son de desarrollo para las comunidades y no por Hernán Cortés.
Ahora la presidenta Sheinbaum propone cambiar el nombre del Paso de Cortés por “Paso de los Pueblos Indígenas”. Incluso señaló que los gobiernos de Puebla, Estado de México y Morelos podrían encargarse de hacer el cambio. Los tres gobernadores son de extracción morenista y seguramente obedecerán. La propuesta tiene un ángulo histórico y otro político: dejar atrás una denominación vinculada con Hernán Cortés y reivindicar a los pueblos originarios. El punto es que la historia no se transforma cambiando letreros.
No perdamos de vista una curiosa coincidencia, una más de quienes se dicen diferentes, pero terminan pareciéndose a lo que tanto criticaron.
No hace mucho, el presidente de Estados Unidos insistía en cambiar el nombre del Golfo de México por el “Golfo de América”, y la reacción del gobierno mexicano fue inmediata: hubo indignación. Aunque los mapas digan lo que digan, para buena parte del mundo seguirá siendo el Golfo de México. Y es que el republicano ha querido imprimir su sello hasta en la geografía, y lo mismo hicieron López Obrador y ahora Claudia Sheinbaum: sustituir un nombre por otro para enviar un mensaje político.
Mientras se da la polémica, resulta que el presupuesto para el desarrollo de los pueblos originarios tuvo un recorte a la baja para este año. Por ejemplo, el recorte presupuestal a los pueblos indígenas reduce los fondos disponibles para obras públicas en los municipios con mayor marginación social.
Entonces, quizá valdría la pena preguntarnos: ¿qué es más importante, cambiar el nombre de un paso histórico o cambiar las condiciones de vida de quienes habitan esa región? Porque los pueblos originarios no viven de letreros; viven de oportunidades, seguridad, caminos, servicios, empleo y presupuesto.
La historia puede discutirse, reinterpretarse y hasta cuestionarse, pero no se corrige con pintura nueva sobre una señalética. Lo verdaderamente revolucionario sería que el gobierno dejara de hacer política cosmética y se ocupara de los problemas que no se resuelven con un cambio de nombre… Pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.
Arturo Suárez Ramírez