Alberto Carbot
Serrat publicó “Romance de Curro ‘El Palmo’” en 1974, dentro del álbum Para vivir, con arreglos y dirección musical de Ricard Miralles. Dura poco más de siete minutos, una extensión considerable para una canción de aquellos años, aunque el tiempo resulta indispensable porque Serrat tenía entre manos algo bastante más complejo que una historia de amor. Él mismo la definió muchos años después como un homenaje al gran letrista de la copla Rafael de León y como una pieza dividida en cuatro actos. La descripción es exacta. Curro nace, se enamora, pierde a Mercedes y muere delante del oyente mientras alrededor suyo continúa funcionando el pequeño mundo del tablao.
La historia comienza antes de que Curro ocupe el centro del escenario. Está Merceditas, la muchacha del guardarropa que llevaba “la vida y la muerte” en la boca, y está El Lacio, dueño del local, descrito como falso gitano, antiguo bufón de palacio y alcahuete. Serrat necesita pocos versos para situarnos en una España reconocible. El hombre escucha los tiros, recoge sus cosas, “se pega el piro” y reaparece después enriquecido por el racionamiento. Detrás del humor y de las palabras populares asoman la Guerra Civil, la posguerra, el estraperlo y aquellos supervivientes que descubrieron que la escasez podía convertirse también en negocio.
Curro pertenece al otro extremo de esa escala social. Es pequeño de estatura, pobre, palmero y está enamorado de una mujer que se burla de él. Merceditas rechaza una y otra vez su propuesta de compartir sueños, cama y macarrones, una formulación quizá modesta, pero enormemente precisa. Curro no puede ofrecer casa grande, automóvil ni posición. Ofrece la vida cotidiana. Ella responde con una crueldad envuelta en metáfora cuando compara al hombre con una cepa enana incapaz de producir buen vino. Serrat agrega entonces que Curro ni siquiera hizo la mili porque no daba la talla y el doble sentido termina de colocarlo frente a su propia pequeñez.
A partir de ahí, la canción avanza con una mezcla poco común de ternura y humor. Curro quisiera ser abrigo para acompañar a la muchacha del guardarropa; busca después el olvido en la bebida, en el mus, en las quinielas y en las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Cada referencia pertenecía al lenguaje ordinario de varias generaciones de españoles. El mus era juego de cartas; las quinielas, apuestas de fútbol; Lafuente Estefanía, uno de los grandes proveedores de literatura popular. Serrat no llena la canción de adornos costumbristas. Está construyendo el mundo concreto en el que vive su personaje, con aquello que bebe, juega, lee y sueña.
La derrota definitiva llega mientras Curro trabaja. Mercedes se escapa con un “curapupas”, término burlón para designar al médico, aunque éste posee clínica propia y un Rolls de contrabando. El rival reúne aquello de lo que Curro carece, dinero, posición y automóvil. Serrat introduce así una diferencia de clase sin convertir la canción en alegato político. Basta colocar a los dos hombres frente a Mercedes. Uno ofrece macarrones y el otro aparece asociado a una clínica y un Rolls-Royce. La elección de la mujer puede parecer cruel desde la perspectiva del enamorado, aunque dentro de aquella España también resulta perfectamente comprensible.
El idioma secreto del tablao
Serrat reserva para la caída de Curro uno de sus mejores juegos de lenguaje. Mientras el hombre palmea farrucas, Mercedes desaparece y, “entre palma y palma”, Curro va palmando. Dar palmas forma parte del acompañamiento flamenco; palmar, en el habla popular española, significa morir. La farruca y la soleá son además palos flamencos, formas musicales con compás, estructura y carácter propios. Cuando Serrat cuenta que Curro se consume “entre cantares por soleares”, el término adquiere una fuerza añadida porque la soleá está vinculada al cante hondo y su propio nombre conserva la resonancia de la soledad que domina al personaje.
La muerte llega casi de puntillas. Serrat concede que pudo deberse a la pena o quizá a una simple falta de hierro y con esa salida evita que el relato se ahogue en melodrama. Hay entierro, flores, pésames y unas lágrimas de “la Patro” al cerrarse la pequeña caja. Después abandona cualquier obligación realista y envía a Curro al cielo, donde encuentra un tablao montado por Frascuelo, el célebre torero del siglo XIX. Allí vuelve a hacer lo que hacía en la tierra, acompañar con las palmas y cantar sus males, aunque Serrat inventa para él un último palo flamenco que ningún tratado registra y lo llama “celestiales”.
Medio siglo después, la canción conserva intacta su eficacia porque Curro termina importándonos mucho más de lo que prometía al aparecer. Serrat eligió como protagonista a un hombre sin poder, sin dinero, sin apostura y sin fortuna amorosa; un personaje que en otra historia habría permanecido al fondo del escenario, limitándose a marcar el compás para que otros recibieran los aplausos. Aquí ocurre al revés. El dueño del tablao, Mercedes y el médico rico van desapareciendo mientras Curro permanece. Su tragedia pequeña termina derrotando al tiempo. Cada vez que vuelve a sonar la canción, aquel hombre que nunca consiguió a la mujer que amaba regresa al escenario y vuelve a dar palmas. Serrat logró para él lo que la vida le había negado: hacerlo inolvidable. *(AC)*