Por Fred Alvarez Palafox
Las primeras planas de la prensa nacional ofrecen hoy una radiografía nítida —y casi unánime— de la transición política en Sinaloa. Reforma encabeza con una sentencia demoledora: “Inicia limpia anti-rochista”; El Universal secunda advirtiendo que el nuevo gobierno “da la espalda a Rocha”. Y aunque el titular de Milenio sugiere un espejismo al asegurar que “se impone el rochismo”, basta rasgar la superficie de su propia nota para confirmar la misma historia.
La lectura es inobjetable: estamos ante una ruptura innegable y un deslinde institucional auspiciado desde Palacio Nacional, claro, con sus respectivos asegunes.
El reloj político en nuestro estado ha marcado un giro abrupto. Tras veintiséis horas de intenso hermetismo, Graciela Domínguez Nava ha rendido protesta como gobernadora interina. La proyección es que concluya el sexenio el 31 de octubre de 2027, aunque el Congreso local haya dejado una puerta entreabierta en la redacción del dictamen, estableciendo que ocupará el cargo “hasta en tanto el Doctor Rubén Rocha Moya se incorpore a sus funciones constitucionales y legales”.
Seamos claros: esto es mera cortesía política. Rocha ya no regresará a Palacio de Gobierno.
Es en este escenario de fractura donde, a sus 50 años, esta socióloga y veterana militante asume el poder caminando sobre el filo de una navaja. Su llegada no es un simple relevo de trámite; es la construcción de un puente urgente entre un rochismo en retirada y el inminente proyecto de la senadora Imelda Castro rumbo al 2027.

Pero más allá de la frialdad de los cálculos políticos, hay una dimensión que no podemos soslayar: la profundamente humana. Sinaloa es hoy un estado herido, polarizado y exhausto. Por ello, la primera decisión de Domínguez —anunciar una revisión profunda y la depuración del gabinete— no solo busca marcar una frontera política, sino enviarle un tanque de oxígeno a una sociedad asfixiada que exige certidumbre.
En su primer mensaje desde el Congreso, la nueva mandataria hizo un diagnóstico crudo. Habló de lograr una paz “que se sienta en las calles”, en los campos, en las costas. Una paz que permita, sencillamente, recuperar la vida cotidiana sin miedo. Para sanar este tejido social roto, ha extendido la mano a la presidenta Claudia Sheinbaum, reconociendo con humildad política que la voluntad local no alcanza: se requiere de toda la fuerza del Estado mexicano.
El reto que tiene enfrente es colosal. La oposición, incisiva, advierte que no tolerará un “borrón y cuenta nueva” ni pactos de impunidad; mientras tanto, el sector empresarial le otorga un voto de confianza con la esperanza de reactivar la economía y la vida diaria.
Graciela Domínguez tiene poco más de un año al frente del Ejecutivo. Su verdadera prueba de fuego no será la reingeniería burocrática ni administrar la neutralidad en las próximas elecciones. Su éxito o fracaso no se medirá en los pasillos de Palacio, se medirá en la calle. La historia juzgará si este interinato fue el inicio de la pacificación que Sinaloa clama con urgencia, o si solo atestiguamos un reacomodo de las mismas piezas sobre un tablero roto.
Por el bien de un estado que ya no soporta más dolor, que le vaya bien a Graciela Domínguez. Como lo comenté anoche: su éxito será, ni más ni menos, el respiro que los sinaloenses tanto necesitan.