Luis Farías Mackey
La expresión “no me vengan con que la ley es la ley” expresa de López Obrador mucho más de lo que a primeras se ve. Por supuesto en él se traduce en “la ley NO ES la ley”.
Empecemos por recordar que decía que sólo le interesaba la justicia, y es aquí donde hallamos la clave de su interpretación y consecuencias. Si por sobre la ley está la justicia y en esa relación la primera es de poco fiar por producto del conservadurismo, neoliberalismo y la corrupción, por ejemplo, la ecuación cambia de ley-justicia a poder-justicia, y con ello también el orden de los factores, el poder ya no queda sujeto a la ley para hacer justicia, porque sí el poder tiene a aquélla por fin, todos los medios le son permitidos y hasta justificados. La ley no es otra cosa que un medio: para que un fin sea una conducta deber de ser entre muchas posibles, pero si el poder tiene por objetivo solo la justicia, cualquier deber ser puede ser y eso solo lo determina el poder en su búsqueda mística de la justicia, ¡quién no podría estar de acuerdo!; el uso del poder queda entonces exceptuado del derecho y éste se torna inoperante, aunque subsistente.
El derecho persiste en su vigencia formal, pero “no me vengan con que la ley es la ley” ni que tiene que cumplirse, porque yo, El Poder, estoy fuera de su alcance, dado que solo persigo la justicia, ¿qué entonces podría hacer mal? Por tanto, el poder queda irregulado (desatado) y, por ende, impune: quien es ajeno al derecho no puede violarlo, ni éste imputarle conducta punible alguna y menos sancionarlo porque está fuera de su alcance. Repito, el derecho sigue formalmente vigente, pero a su lado coexiste un hoyo negro que, sin tragárselo, lo hace letra muerta o limbo.
La ley no es la ley de López significa “estoy por encima de la ley”, no reconozco a ninguna, es mi palabra la ley, como lo fue con Hitler en el nazismo; exactamente lo contrario a la frase atribuida a Juárez de “al margen de la ley, nada; por encima de la ley, nadie”.
Imposible que López supiera que en ello seguía a Diotógenes, quien sostenía: si el rey es justo es legal, por tanto, encarna en sí mismo la ley, y, ¡claro!, si es la ley viviente solo se halla sujeto a sí mismo, sólo ante sí responde, sólo ante sí se hinca. ¿Cuántas veces no dijo López que estaba en paz con su conciencia? Una verdadera osadía, por cierto, en alguien que ¡inconsciente!
En esta identidad soberano-ley, el primero se sitúa por fuera de la segunda, es decir, la norma adquiere un carácter anómico, sin norma. Para Agamben estamos entonces ante una ley viviente, un nomos (norma) vivo y, si bien la norma no puede ser al mismo tiempo in-normada, por la vía de los hechos el derecho viviente queda al margen del derecho en la doble contradicción de una anomia legal y un nomos anómo.
La ley deja de ser un “deber ser de carácter general”, aplicable a todos, empezando por los que la dictan y quienes la hace cumplir, y adquiere la entidad de ser vivo que, siendo en sí mismo la ley, no queda sujeto a ella, y desde allí puede a discreción aplicarla o desaplicarla a casos concretos de otros, éstos sí sujetos a una ley viva. Una ley, reiteramos, que no desaparece -sigue gozando de vigencia formal-, pero queda bajo sujeción libérrima a un poder anómico que en pos de la justicia dicta y aplica esa o su propia ley, en los hechos coexisten dos órdenes jurídicos, el formal y el viviente que a cada instante y desmandadamente hace una ley que, no siendo ley verdadera, es en términos de poder eficaz.
Por eso López no entendió cuando la Corte le declaró inconstitucionales sus actos de autoridad, sus decretos con fuerza de ley y sus reformas (el Congreso con él pasó a calidad de estercolero) legislativas; por eso combatir al crimen organizado era abrazarlo, desmontó toda la normatividad para un ejercicio racional, honesto y transparente del poder y terminó por convertir la Constitución en juguete de su sadismo.
Y hay otra faceta de este limbo ajurídico y delirante ejercicio del poder que nos hace ver el mismo Agamben, en las antiguas civilizaciones, al umbral de la primavera se celebraban fiestas saturnales en las que todo regresaba a un amasijo primordial sin jerarquías, normas, costumbres, morales, clases y hasta sexos, los humanos podían asumir la naturaleza que quisieran, paradójicamente hoy presente en los therians y en la asunción voluntaria de género. Ese momento era propio del caos, un interregno donde algo no acaba de morir y otro más de nacer, un tiempo anómico, contingente, voluble, alborear. En esas festividades se entregaban por un lapso al libre juego de los instintos sin limitación alguna; ley, moral, religión, clase, posición, genero, autoridad, todo era objeto de exceso y subversión. Esta vertiente anómica hoy la observamos en las conductas desmandadas de las huestes del obradorato, estacionadas en una saturnal política, social y vulgarmente vindicantes, donde su llegada al poder la hacen sentir con la fruición y barbarie propios de un pillaje invasor, la ferocidad de las guerras religiosas, el delirio febril de las inquisiciones y lo barbárico de su oprobio. Ello explica también el patetismo de sus figuras señeras, la exuberancia de sus desfiguros, lo petulante de sus excesos, lo sórdido de sus miserias, la ineptitud por gobierno; todo ello no propio de un ciclo luminoso de aliento y futuro, sino de oscuridad, rabia y rencor. De allí esta sensación babélica, de ocaso e impotencia, porque no solo la ley dejo de ser la ley, el mundo también dejó de ser mundo y humano.