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Columna de opinión

Los suyos aseguraban que el pueblo lo ungió “emperador”

Rodolfo Villarreal Ríos

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Rodolfo Villarreal Ríos
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Rodolfo Villarreal Ríos

 

En atención al compromiso que establecimos con usted, lector amable, continuamos con la narrativa de cómo, literalmente, de la noche a la mañana al compás de un chupinazo, Agustín Cosme Damían creyó haberse convertido en noble y, hoy, algunos hasta demandan que se le dé tratamiento de Padre de la Patria. Pero vayamos al tema en base a lo publicado, el 23 de mayo de 1822, en La Gaceta del Gobierno Imperial de México.

Ya sabemos que cuando una pluma ha sido convenientemente aceitada no solamente tiene que demostrar convencimiento de la causa, sino que debe recurrir a cuanta alegoría haya por ahí, además de demostrar que no es un plumífero cualquiera sino alguien versado. En el caso que nos ocupa, el autor de la pieza quiso dejar constancia de que él, también, poseía conocimientos sobre la mitología griega, misma que utilizaba como miel para adornar sus alabanzas. En ese contexto, escribió: “Allanadas todas las dificultades, no por sofismas ni con refugios de capciosidad, sino pesados en la balanza de Astrea [ la diosa griega virgen de la justicia, la inocencia y la pureza, hija de Zeus y Temis] y nivelado con razón, no restaba otra cosa al pueblo mexicano sino poner en el uso de su libertad. ¿Y cómo podría usar mejor de ella, sino colocando en su trono al Libertador de la Patria, al americano más benemérito, al Héroe de Iguala?” Si ese gacetillero viviera en estos tiempos, sería contratado para levantarse temprano y tener lugar preferente diariamente. Y para confirmarlo, revisemos lo que seguía.

En pleno paroxismo, planteaba: “la justicia reclamaba su cumplimiento, la gratitud inflamaba los corazones y el voto general de la Nación no quería otro emperador que aquel que supo sacarla del cieno de la ignominia, quien le quebrantó sus cadenas, el que de esclava la elevó al rango de señora, en fin, el único que le restituyó sus derechos, y la hizo soberana absoluta e independiente.  Así gritó el Ejército, así lo quiso el pueblo y uniformados los deseos se uniformó la voluntad general”. Lástima que todavía faltara casi un siglo para que aparecieran Gardel y el tango y no pudieran musicalizar como un cabalgador de la talla de Agustín sacó a la patria del fango y la convirtió en persona decente.

Pero el redactor de La Gaceta tenía que desquitar la chuleta e indicaba que: “S. A.S. [Su Alteza Serenísima] llegó a entender el estado de las cosas, lo que se pensaba; para impedirlo llamó a los jefes en su palacio; los exhortó a que prescindieran de la empresa y les previno igualmente reunieran las tropas en sus cuarteles adonde quería dirigirse a las diez de la noche del día que se dirá, con el fin de arengar al Ejército para que abandonaran el proyecto”.  ¿Cómo se les ocurría pensar que Agustín soñaba con situaciones así? Él era un simple cervatillo que moraba en la serranía, a que necedad la nuestra en evocar tonadas populares, el criollo vallisoletano solamente deseaba servir a su patria. Había quienes, sin embargo, le veían cresta de gallo fino y decidieron proceder en consecuencia.

De acuerdo con la nota, los deseos del caudillo se hubieran cumplido, “…  pero no faltó quien diera oportuno aviso con el que el pueblo, se aceleró y el ejército dispuso hacer la proclamación antes que se cumpliera el plan de su idolatrado generalísimo; pues la tropa ni quería prescindir de su noble determinación, ni tampoco desairar a S A. S, en el desobedecimiento de una orden que hubiera sido ingratitud cumplir. Así se explicó la tropa y manifestó a sus jefes que, si estos no los acaudillaban, solo saldrían de sus cuarteles a verificar la proclamación”.

No obstante, su reticencia, “la noche del día 18 de mayo del año de 1822 segundo de la Independencia de este Imperio, el Ejército Trigarante llevando a la cabeza sus dignos jefes y beneméritos generales seguido de un inmenso pueblo, se colocó a las diez ante el palacio de S. A, S. el Sr. Generalísimo Almirante D. Agustín de Iturbide, los jefes principales fueron el órgano de la Nación y por ellos se le hizo presente a S.A.S. la Regencia del Imperio la voluntad general de que se le ofreciera el trono y fuera aclamado Emperador de la América Septentrional el Serenísimo Sr. Generalísimo”. El unto debió haber sido de un grado muy alto pues el narrador veía al vallisoletano al frente de naves marítimas que, hasta donde se conoce, el gobierno de entonces no poseía. Pero eso eran nimiedades, lo importante era retomar la narrativa de aquella noche.

Con el verbo encendido, el cronista narraba que, “el repique a vuelo, las salvas en todos los cuarteles y puntos de guarnición, los vivas más sinceros y repetidos, la iluminación momentánea, y cuanto en tales casos se sugiere el regocijo, anunciaron el primer acto de reconocimiento. Las calles de esta capital las ocupaba la multitud de ciudadanos, quienes, si transportados de gozo tenían el corazón en los labios, también, guardaron la moderación que les caracteriza y hace en todos los pueblos. No se observó el menor desorden, ni se oyeron otras voces que las de Viva la Religión, Viva Agustín Primero, Viva la Unión. Los corazones sensibles no podían ver esta escena sin derramar lágrimas de ternura; y poniendo sus ojos en el cielo, daban al Dios de los ejércitos, las más rendidas gracias, y bendecían la mano bienhechora que ha dirigido la grande obra de la creación política”. Vaya escena tan tierna, digna de un folletín.

Ante tal escenario, “en medio de estos consuelos el pueblo no acababa de ver llenados sus deseos, S A. S. resistía con aquella dulzura que lo hace tan amable agradecía la elección, y en su semblante se veían pruebas inequívocas de su sinceridad; suplicaba, instaba y persuadía se le tuviera poco indignado de tan grande honor; hizo presente su corazón no le anidaba otro deseo que la salud de su patria y el bien de sus conciudadanos, pero nada fue capaz de reconocer la gratitud americana. El ejército clamaba, y el pueblo pedía que en aquel momento se verificara la coronación”. Eso era la versión idílica, veamos otra menos edulcorada.

En otros escritos, se narra que la noche del 18 de mayo de 1822, un sargento mayor de nombre Pío Marcha Almonte tomó la iniciativa “espontánea” de convocar al regimiento de Celaya, así como a los sargentos de infantería de los regimientos 2, 3 y 4 de Guadalajara, los de la escolta de granaderos imperiales de a caballo y a los artilleros de palacio, para tomar las armas y lanzarse a la calle en la Ciudad de México. El objetivo era llegar hasta la casa de Iturbide. En el camino, se les unieron los pobladores del Salto del Agua, San Pablo, Palma y San Antonio. En las proximidades del objetivo final, fueron tomando las plazas cercanas y entonces empezó la fiesta. “Al grito de “Viva Agustín I”, Marcha y un coronel de apellido Rivero, quien hizo el papel de su ayudante, hicieron prender las luces de las casas y lo proclamaron emperador ante los soldados y la población en general ante el repique general de las campanas y las salvas de artillería. Nada como encomendarle a un miembro modesto de la tropa que, en nombre del pueblo, fuera a demandar que Agustín se convirtiera en emperador y de esa manera darle un barniz de reclamo popular para justificar la culminación de ambiciones. Pero cualquiera que haya sido el procedimiento para la demanda, no era cosa de aparecer como un codicioso, todo debería de ajustarse a la norma.

Ante ello, “… el Héroe de Iguala supo contener los deseos exaltados, dirigiéndoles la palabra por medio de una exhortación en la que después de manifestar al pueblo su agradecimiento, le recordó el cumplimiento de las leyes, las obligaciones del ciudadano, y la necesidad de aguardar para momentos de tranquilidad la decisión del asunto; así como que esto pertenecía única y privativamente al Soberano Congreso Constituyente, dejándolo en absoluta libertad. El resultado correspondió a sus esperanzas, siguieron los regocijos; pero todos los habitantes difirieron a la determinación del Congreso”. Nada como contar con un pueblo desinteresado y obediente ante el mensaje del líder quien era respetuoso de las leyes.

Tarde se les hacía a los miembros del Legislativo para dilucidar si la petición popular tenía apoyo o no. Para determinarlo, se levantaron al alba y, obedientes, se reunieron “… a las nueve de la mañana del día siguiente, [cuando] comenzó la discusión, y a la una de tarde pasó una comisión a exponer a S.A.S. que su presencia en el Congreso era de importancia, a fin de que mirándolo el P\pueblo contuviera sus deseos, y no se le hiciera insufrible la demora que indispensablemente había de padecer la discusión”. Nada como un Congreso preocupado de que no se sometiera al pueblo a tal sufrimiento, el criollo no tenía ningún derecho para hacerlo.

Consciente de ello, “accedió, y al salir de su palacio, el inmenso pueblo que lo aguardaba en la calle lo saludó con repetidos vivas, envueltos en gozo y alegría; quitó los caballos del coche, el que fue tirado de los mexicanos y se puede decir que más con los corazones que con las manos, hasta que llegó a las puertas del Congreso, donde fue recibido con las ceremonias de estilo”. Es factible apreciar como eso de los lambiscones tiene su historia con aquellos abyectos a quienes les salió su condición de jamelgos. El escenario estaba montado, todo era cosa de tener un poco de paciencia.

Como era de esperarse, los legisladores no iban a dejar pasar la ocasión para que sus palabras quedaran asentadas en el diario de los debates. Se encontraban ante la oportunidad histórica de que, una vez declarada la independencia del trono español, ahora se tuviera uno propio de calaña similar. “Después de una larga discusión, se procedió a la votación; en ella, por unanimidad de votos, fue aclamado emperador y llamado a ocupar el Trono Mexicano el Serenísimo Sr. Generalísimo D. Agustín de Iturbide”. Si afuera había quienes actuaban como jamelgos, en el recinto legislativo nadie quiso que se fuera a cuestionar su condición como integrante del rebaño. Aquí cabe mencionar que “quince de los Señores Diputados fueron de opinión contraria, lo fueron solamente por cuanto creyeron que sus poderes no eran bastantes, y querían el consentimiento de sus Provincias; pero desde luego confesaron la justicia del nombramiento, y como particulares uniformaron su voluntad la general de Nación”. Una vez realizada la aclaración, “en seguida los Señores Diputados hicieron el acto de reconocimiento debido, y besaron la mano a S. M. I. [Su Majestad Ilustrísima]. Se anunció al público y el repique, las salvas, cohetes, vivas, y todo género de demostraciones, causaban el más dulce placer en los pechos de los reconocidos mexicanos”. El chupinazo se había producido y como resultado el criollo estaba camino a convertirse en “noble”.

Con ello en las alforjas, “a las cuatro de la tarde regresó a su Palacio S. M. I. con las mismas aclamaciones que van referidas. Inmediatamente ocurrieron varias corporaciones, jefes y particulares a besar la mano bienhechora de la que tan incalculables beneficios han recibido”. Vaya intercambio de microbios que se dio entre todos los zalameros, pero que importaba, se trataba de depositar un ósculo en la mano del futuro emperador, cuanto honor.

En cumplimiento al ceremonial, “el 19 [de mayo] decretó el Soberano Congreso Constituyente la cesación de la Regencia del Imperio y quedó disuelta desde el momento en que se comunicó el Soberano Decreto. A las dos de la tarde del día 21[de mayo de 1822] pasó una comisión a exponer a S.M. I. que bien podía ocurrir a las Cortes a hacer el respectivo juramento, y así lo verificó en los términos siguientes:

Agustín, por la Divina Providencia y por nombramiento del Congreso de la Nación Emperador de México, Juro por Dios y por los Santos Evangelios que defenderé y conservaré la religión  Católica, Apostólica, Romana, sin permitir otra alguna en el Imperio; que guardaré y haré guardar la Constitución; que formaré dicho Congreso, y entre tanto la Española en la parte que está vigente, y asimismo las Leyes, Ordenes y Decretos que ha dado y en lo sucesivo diere el repetido Congreso no mirando en cuanto hiciere, sino al bien y provecho de Nación; que no enajenaré, cederé, ni desmembraré parte alguna del Imperio; que no exigiré jamás cantidad alguna de frutos, dinero, ni otra cosa, sino las que hubiese decretado el Congreso; que no tomaré jamás a nadie sus propiedades; y que respetaré sobre todo, la libertad política de la Nación; y la personal de cada individuo; y si en lo que he jurado, o parte de ello, lo hiciere, no debo ser obedecido, antes aquello en que contraviniera, sea nulo y de ningún valor. Así Dios me ayude, y sea mi defensa, y si no, me lo demande”.  Ese juramento fácilmente lo firmaría otro “amante” del pueblo. Ahí no terminaba el show, era necesario dejarse ver más allá del populacho.

“En la noche de este día hubo una sobresaliente función en el teatro; y allí, al presentarse el augusto emperador, y su digna esposa la emperatriz, prorrumpió el pueblo en aclamaciones y vivas los más expresivos, como salidos de lo más íntimo del corazón. SS. MM. I. [Sus Majestades Ilustrísimas] contestaron con demostraciones de agrado, con la afabilidad que es genial, y con una dulzura propia para encantar los sentidos”.  La pobre de Ana María Huarte y Muñiz estaba muy lejos de imaginar que, en el futuro cercano, su cónyuge la encerraría en un convento acusándola de infiel apoyándose en unas cartas supuestamente dirigidas a su amante.  Nada era cierto, la manufactura de dichas misivas se debía a la mano del criollo quien se sentía noble y le urgía quedar soltero para ir a acariciar los cabellos dorados, y algo más, de cierta dama. Pero eso eran devaneos que podía permitirse el ungido y que un gacetillero bien aceitado nunca tomaría en cuenta.

Por ello, escribió: “¡Loor eterno al Ejército y pueblo mexicano, que supo combinar la justicia con la gratitud! ¡Gloria inmortal a la nación que no olvidó los inestimables beneficios recibidos de su libertador!  El Trono de Anáhuac tiene sus cimientos en el amor, la razón, y obligaciones. Agustín I, llamado a ocuparlo es la esperanza de los pueblos, y el lienzo que enjuga las lágrimas que hizo verter a la tiranía de trescientos años. Las futuras generaciones bendecirán los héroes de la Patria, y agradecerán sus progenitores, tan justa, digna y acertada elección. En la historia de nuestra gloriosa revolución se lee con asombro unos acontecimientos fuera del orden común y que no podían entrar en el cálculo más profundo. Pero ¿Quién es capaz de contener a un pueblo ilustrado [¿?] que camina por conseguir su libertad?” Como siempre, los aspirantes a tiranos claman amar al ejército y al pueblo para encubrir sus apetitos absolutistas.

“La América Septentrional pronunció sus derechos y en medio de la esclavitud, y tiranía dijo: he de ser libre; empuñó la macana, atacó a sus opresores en sus inexpugnables baluartes, los venció, sacudió el yugo, y entró en el goce de su libertad. No restaba otra cosa, sino colocar en su trono al que fuera digno de ocuparlo; echó una mirada por su vasta extensión, y no encontró otro que al Héroe de Iguala conoció su mérito, y dijo: Viva Agustín I”. El gacetillero pudo haber cerrado con aquello de podéis ir en paz, la chuleta ha sido desquitada.

Agustín Cosme Damián estaba convencido de que él y su familia habían pasado a formar parte de la nobleza. Tenían la prensa a su servicio, misma que era leída, si bien le iba, por el dos por ciento de la población. A la par, pensaba que gracias al pueblo, poco ilustrado, estaba en ese sitio y que el amor que le “profesaban” sería eterno. En consecuencia, él y los suyos, podían hacer cuanto desfiguro y negocio se les ocurriera, todo les sería perdonado y aceptado. Sin embargo, más pronto de lo pensado, la charlotada terminó. Desde entonces los huérfanos del criollo quien se sintió noble, cada 27 de septiembre, le rezan misas a la vez que demandan sea considerado el Padre de la Patria. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.42.134) Cada vez que se suscita un intercambio de tiros en la frontera México-EUA por el rumbo de Tamaulipas, viene a nuestra mente lo acontecido en abril de1846.

Añadido (26.42.135) Antes del 29 de noviembre, Pedrito el españolito habrá de ofrecerles un aumento al salario mínimo y congelamiento de las rentas para el alquiler, amañará el voto por correo, los convocará a una huelga general, todo ello en busca de relegar los hechos de que su gobierno se ha batido en las miasmas de la corrupción. ¿Cuántos lo olvidarán y venderán su dignidad por unos euros?

Añadido (26.42.136) Con el país en rebelión, en lugar de reconocer que eso es producto de haber permitido la inmigración sin control, al francesito Macron no se le ocurrió sino ponerse a criticar la libertad de expresión en los EUA. Seguramente, esa fue la asesoría que recibió de Pedrito el españolito durante su visita reciente a España.

Añadido (26.42.137) Nuevamente, no habrá Serie Mundial, sólo una serie final. En el pasado, los maletas moraban en Brooklyn, ahora se aposentan en el Bronx.

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