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Columna de opinión

12 de octubre ¿Día de la Raza?

Rodolfo González Fernández

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Rodolfo González Fernández
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ÍNDICE POLÍTICO 8

Rodolfo González Fernández

A Leticia, por su cumpleaños en ese día.

 

A propósito del Día de la Raza, Día de la Nación Pluricultural, Día de la Hispanidad, Fiesta Nacional de España o Día de la Resistencia Indígena, según lo llaman en diversos países, me surgieron algunas preguntas. Yo conocí la conmemoración en la escuela con el primer nombre. Bueno, a propósito de ese dato me pregunté: ¿de qué ha servido a las decenas de millones de personas indígenas el cambio de nombre de la efeméride del 12 de octubre? Porque es evidente que ninguna denominación puede cambiar los excesos y abusos cometidos por los conquistadores contra los pueblos conquistados en la Nueva España ni en el resto del continente.

Y luego me volví a preguntar: ¿importa socialmente cambiar el nombre?, ¿qué efectos ha tenido esa modificación? Pienso que puede ser importante como reconocimiento y orientación en el campo de la enseñanza para el análisis socio-político y cultural, porque cada denominación propone una lectura parcial de la historia y marca la perspectiva desde la cual cada nación recuerda cada proceso social y en este caso específico la conquista.

Después de revisar algunos datos de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) del INEGI, puedo contestarme que, en el caso de México, uno u otro nombre y su significado no prueban, por sí mismos, una mejora significativa de las condiciones de vida de la población indígena. El cambio de nombre tampoco ofrece elementos suficientes para atribuirle una reducción de la discriminación o la desigualdad.

Por ejemplo, según los datos de la ENADID 2023 del INEGI, la escolaridad media de las personas indígenas de 15 años y más era de 6.5 años, mientras que entre la población no indígena del mismo rango de edad alcanzaba 10.6 años. Es decir, había una brecha de 4.1 años.

El analfabetismo en el mismo rango de edad alcanzaba estaba en19.1 por ciento entre la población indígena y sólo 2.8 por ciento entre la no indígena: una diferencia de 16.3 puntos porcentuales. La inasistencia escolar entre la población de 3 a 17 años era de 23.7 por ciento y de 13.4 por ciento, respectivamente, con una desventaja de 10.3 puntos porcentuales para la población indígena.

Preciso, para evitar confusiones: en estos indicadores se considera al grupo que habla alguna lengua indígena y se autorreconoce como indígena, no al conjunto de 39.2 millones de personas que se identificaron como indígenas en esa encuesta.

Mi cuestionamiento sobre la importancia del cambio de nombre apunta a su eficacia para impulsar un cambio social real. Porque el beneficio debe reflejarse en educación, servicios, protección de las lenguas, participación efectiva enla toma de decisiones para su población y en el contexto nacional y, por supuesto, en el tema del presupuesto. Como suele decirse, amor que no se refleja en la cartera no puede ser sincero.

A la población indígena debería importarle menos con cuál nombre se recuerde en el calendario la efeméride que el presupuesto asignado para atender sus necesidades y permitirle un presente digno y un mejor futuro para sus descendientes.

Renombrar el pasado o reclasificarlo ayuda al estudio y análisis de la historia y puede contribuir a proyectar un futuro mejor. Pero sirve de poco si no contribuye a modificar sustancialmente la realidad cotidiana de los casi 40 millones de personas que en el país se reconocen como indígenas. No es un tema de razas: reconocer la mezcla de ascendencias ayuda a cuestionar las ideas de separación racial, sin borrar a las comunidades ni las desigualdades que muestran las estadísticas.

Así que el llamado es a dejar de maquillar la realidad y a transformar las condiciones de abandono que persisten. No es un asunto exclusivo de este gobierno ni del anterior; es un problema que históricamente no ha sido atendido de la manera correcta y suficiente.

Los cambios son urgentes porque ¡la raza espera!

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