Columna de opinión
Capital con miedo
José Luis Parra
José Luis Parra
México entra a la revisión del TMEC con una maleta llena de piedras: reforma judicial, SAT, incertidumbre jurídica, inversiones detenidas y un gobierno que todavía cree que la confianza se decreta en la mañanera.
Estados Unidos ya levantó la ceja. No por gusto. Sus empresas dicen sentirse acosadas por el SAT, mientras Washington pide jueces independientes, capaces y no doblados ante el poder político, económico o criminal.
Qué exigentes.
Morena, que primero vendió la elección de jueces como la gran purificación democrática, ahora habla de “perfeccionarla”. Traducción: algo salió mal. O, por lo menos, algo asustó demasiado a los inversionistas.
Ahora quieren filtros, exámenes, certificaciones y trayectorias más largas. Todo eso que debió pensarse antes de dinamitar el edificio y ponerse a buscar planos entre los escombros.
Mientras tanto, las empresas revisan contratos, buscan arbitrajes internacionales y preparan salidas de emergencia. No todas se van, claro. Algunas esperarán. Otras pagarán abogados. Y otras simplemente dejarán de invertir.
Ese es el problema: el capital no grita, se esconde.
La presidenta Claudia Sheinbaum necesita crecimiento. El Plan México no ha sido el imán prometido. Puede haber discursos, anuncios, mesas, fotos y PowerPoint con flechitas verdes, pero si el empresario sospecha que mañana un juez electo, un burócrata fiscal o un iluminado del régimen puede cambiarle las reglas, no invierte.
Así de sencillo.
El SAT, por su parte, anda con la espada recaudatoria desenvainada. En un país de evasores profesionales eso suena razonable. El detalle está en no confundir fiscalización con garrote. Porque una cosa es cobrar impuestos y otra muy distinta convertir cada auditoría en una prueba de resistencia empresarial.
Y cuando los extranjeros se quejan, el tema deja de ser doméstico. Se vuelve diplomático. Y luego comercial. Y luego dolor de cabeza en la mesa del TMEC.
La 4T quiso cambiar el régimen. Muy bien. Pero los cambios de régimen también tienen factura. La pagan los mercados, los inversionistas, los trabajadores y, al final, el pueblo bueno que nunca fue invitado a leer la letra chiquita.
Por lo pronto, se huele temor.
El clima está enrarecido.
Y mientras México presume soberanía, los capitales preguntan algo más modesto: ¿quién me defiende si el gobierno se equivoca?
Esa pregunta, aunque no salga en la boleta, puede decidir el futuro económico del país.
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