José Luis Parra
Los cárteles ya tienen preparatoria en Phoenix.
La delincuencia organizada mexicana encontró en Estados Unidos una nueva generación de proveedores. Ya no necesariamente son experimentados traficantes de armas, tipos duros con años recorriendo carreteras y cruces fronterizos.
Ahora pueden ser estudiantes de secundaria.
Muchachos de 16, 17, 18 y 19 años.
Mochila, celular y rifle de asalto.
Una investigación de The New York Times pone sobre la mesa el caso de cuatro jóvenes del oeste de Phoenix que compran, roban y revenden armas destinadas a organizaciones criminales mexicanas.
Ellos mismos se identifican como “Los Chicos Phoenix”.
El nombre hasta parece de banda juvenil.
Lo malo es que no tocan rock.
Trafícan armas.
Uno de ellos, identificado como JM, asegura coordinar a decenas de estudiantes de por lo menos 20 escuelas secundarias de Phoenix dedicados a conseguir armamento.
Negocio sencillo.
Juntaron 700 dólares, compraron un rifle estilo Kalashnikov y lo vendieron en mil 200.
Descubrieron el capitalismo.
Después reinvirtieron.
Y nació la microempresa.
Nada de cursos de emprendimiento, incubadoras de negocios o apoyos gubernamentales. Oferta, demanda y una frontera de por medio.
Además, un enorme cliente mexicano dispuesto a pagar.
Otro joven, conocido como El Flaco, empezó a los 14 años. Compró una Glock 19X con dinero ahorrado trabajando en un restaurante y después la revendió.
Encontró su vocación.
Dice que en un mal mes gana entre cuatro y cinco mil dólares.
Mal mes.
Quizá algunos profesionistas mexicanos quisieran tener uno de esos malos meses.
Aquí aparece una parte incómoda de la relación México-Estados Unidos.
Durante décadas desde Washington se señala hacia el sur para explicar el narcotráfico, la violencia, los cárteles y las drogas.
Y razones tienen.
México carga con una gigantesca responsabilidad.
Pero las armas no nacen en los árboles de Sinaloa.
Alguien las fabrica.
Alguien las vende.
Alguien las compra.
Y alguien permite que el negocio siga funcionando.
Una pistola comprada legalmente en Estados Unidos en 700 dólares puede terminar revendida en mil 500. Una Colt .38 Super de mil 200 puede alcanzar los dos mil 500 entre compradores ligados al crimen organizado mexicano.
El negocio está servido.
Los cárteles ponen el dinero.
Estados Unidos pone buena parte de las armas.
México pone los muertos.
Bonita sociedad comercial.
Según estimaciones mexicanas, hasta 500 mil armas cruzan ilegalmente cada año desde Estados Unidos hacia nuestro país.
Medio millón.
Si la cifra se aproxima siquiera a la realidad, entonces estamos hablando de una industria y no de unos cuantos muchachos traviesos haciendo negocios por WhatsApp.
Los adolescentes utilizan Telegram, grupos privados, contactos, compradores legales, robos a viviendas y vehículos.
Casas de seguridad.
Bodegas.
Departamentos.
Nada demasiado diferente a cualquier organización criminal profesional.
Solamente cambia la edad.
Y allí está quizá lo más preocupante.
Los cárteles entendieron algo elemental: un adolescente necesita dinero, identidad, respeto y pertenencia.
Ellos ofrecen las cuatro cosas.
De paso consiguen mano de obra barata y desechable.
Un exagente estadounidense lo resumió perfectamente: para los cárteles son compradores desechables.
Exacto.
Cuando uno cae, aparece otro.
Y otro.
Y otro.
Material humano abundante.
Mientras tanto ambos gobiernos pueden seguir intercambiando discursos.
México exigirá controlar el tráfico de armas.
Estados Unidos exigirá controlar el tráfico de drogas.
Cada quien culpará al vecino.
Y todos tendrán un pedazo de razón.
Pero las balas seguirán cruzando hacia el sur y las drogas hacia el norte.
Magnífico tratado de libre comercio.
Sin aranceles.
El detalle es que ahora parte de esa cadena logística puede comenzar en los pasillos de una secundaria estadounidense.
Antes del recreo matemáticas.
Después del recreo tráfico de armas.
Los maestros difícilmente podrán competir contra un mercado donde una operación deja cientos de dólares de utilidad y un muchacho de 18 años presume ganar miles mensualmente.
La pregunta entonces ya no es únicamente cómo detener a Los Chicos Phoenix.
Vendrán otros.
La pregunta importante es qué clase de sociedad construyeron ambos países para que un adolescente descubra que vender rifles a un cártel puede ser más atractivo que terminar la escuela.
Los criminales ya dieron su respuesta.
El negocio continuará.
Uno de esos jóvenes, escondido temporalmente en Sinaloa porque siente cerca a las autoridades estadounidenses, lo dijo sin demasiadas preocupaciones:
Cuando regrese habrá trabajo.
Seguramente.
Mientras existan consumidores de droga en Estados Unidos, compradores de armas en México y políticos buscando culpables del otro lado de la frontera, habrá trabajo.
Mucho trabajo.
Y desgraciadamente también muchos muertos.