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Columna de opinión

Ocho metros cuadrados

David Martín del Campo

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David Martín Del Campo
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Por David Martín del Campo

 

MADRID.– La ciudad está que arde. Lo mismo que París, Bruselas y Milán. Andando por la Gran Vía uno se topa con ellos que gritan y van pitando con silbatos ensordecedores.

Son estudiantes, pero también docentes en paro que exigen mejoras salariales. Visten de verde la mayoría, que ha sido el color del movimiento. Un chaval grita enardecido:

“¡Estamos en contra de todo!”. Y sí, habrá que creerle, porque allá delante, en la Puerta del Sol, la plaza ha sido ocupada por un millar de “viviendistas” que han decidido apoltronarse allí hasta que el problema de la vivienda sea resuelto.

En Francia y en Bélgica la movilización es contra el alto coste de la vida y, en general, contra la imposibilidad de lograr el ascenso social tan sugerido por los medios televisivos…

“¡Compre, viaje, funde un hogar, adquiera un auto!”. Simultáneas, las protestas contestatarias se dan aparejadas con el amago de la derecha (y la ultraderecha) de acrecentar su presencia en los congresos nacionales y, en una de esas, cambiar el rumbo de la política.

Muchos, si no es que la mayoría de los manifestantes, que enfrentan cotidianamente a la policías antimotines, son de segunda o tercera generación magrebí. Argelinos, marroquíes, tunecinos y algunos libios y egipcios que han logrado avecindarse en Europa, huyendo de las condiciones de miseria y falta de libertad que se vive en el norte de África. A ellos se han sumado, por si fuera poco, la ultraizquierda olvidada por el jaleo electoral: trotsquistas, anarquistas, comunistas trasnochados que no creen en la pugna electoral, a la que consideran inaceptable por reflejar la decadencia burguesa.

En la “acampada” de Puerta del Sol se exhiben pancartas, firmadas por la Juventudes Comunistas de Madrid, en las que se anuncia: “Todas las viviendas para la clase”, suponemos que obrera. Y en un programa de radio una estudiante se queja de que ella, y cinco camaradas, habitan en un apartamento de ocho metros cuadrados, pagando mil euros de renta mensual. “Y así, la vida es insostenible”.

Como se recordará, las protestas en Madrid se multiplicaron a partir del fallecimiento de Mariacarmen Abascal, el 7 de octubre pasado, luego de ser desahuciada de la vivienda en la que había habitado la vida entera. La anciana, de 87 años, fue desalojada el 23 de septiembre porque la nueva inmobiliaria decidió que su renta de 500 euros mensuales era inaceptable con el promedio que se paga en esta ciudad por demás gentrificada.

“Casas sin familia / Familias sin casa”, se leen en las mantas que despliegan los manifestantes. El gobierno socialista de Pedro Sánchez, ni tardo ni perezoso, lanzó un Decreto de Vivienda que incluye líneas de préstamo a los inquilinos, protección contra desahucios y congelación de rentas, a fin de aplacar a un movimiento que se veía imparable, y que sigue en pie de lucha. Ello en el contexto de las elecciones parlamentarias del mes próximo en el que se producirá, posiblemente, un cambio de gobierno a favor del Partido

Popular que encabeza Alberto Núñez Feijóo.

Y encima que el conflicto en Ceuta sigue candente. Como se recordará, el 30 de julio pasado hubo una invasión de más de 70 mil marroquíes al enclave español en el norte de África, en el que murieron ahogadas más de 140 personas, y que ha sido registrado como el mayor conflicto con el reino de Marruecos desde 1956, cuando fue cedido el Protectorado Español de Marruecos al régimen de Rabat.

Al conflicto se le llama “guerra híbrida”, pues coincidió, esa misma fecha, con la presencia de varias fragatas navales marroquíes en aguas de jurisdicción española. Los reyes, Felipe VI y Letizia, han pernoctado en el lugar para demostrar la hegemonía española en ese pequeño territorio, que no tiene más de 8 kilómetros de longitud.

Duro el otoño en estas naciones que, de algún modo, recuerdan los prolegómenos del mayo de 1968. Alto coste de la vida, crisis de vivienda, imparable migración de los “moros”; todo lo cual invita a pensar que las medidas a tomar no serán muy distintas a las remachadas por Donald Trump en el contexto norteamericano.

Sí, demasiados argelinos, demasiados marroquíes, demasiados mexicanos. Y en la calle los turistas adueñándose de los hostales y apartamentos que antes eran vivienda de los “gatos” madrileños. Se pasean por la calle de Alcalá, por la Plaza Mayor, farfullando en inglés, alemán, rumano, polaco, italiano, japonés. Igual que, como dicen, ocurrió en Babel.

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