Columna de opinión
El miedo a la playera verde
José Luis Parra
José Luis Parra
Hay victorias que un gobierno presume como propias. Y hay otras que prefiere mirar de lejos.
La extraordinaria actuación de la Selección Mexicana en el Mundial pertenece al segundo grupo.
Resulta extraño. Un fenómeno capaz de unir al país, de despertar orgullo y de provocar ese sentimiento cada vez más escaso de pertenencia nacional, habría sido motivo suficiente para que cualquier gobierno saliera a reconocer a sus protagonistas. Pero no ocurrió. Al contrario. Desde el arranque del torneo hubo distancia. La presidenta Claudia Sheinbaum se ausentó de la inauguración y de los partidos del combinado nacional. Como si el futbol fuera un asunto menor. Como si el entusiasmo de millones de mexicanos no mereciera siquiera un gesto institucional.
La Selección hizo lo suyo. Entró a la cancha sin complejos, con personalidad y una seguridad pocas veces vista. Partido tras partido fue conquistando algo más importante que los resultados: volvió a enamorar a la afición.
Y eso, en tiempos de polarización, tiene un enorme valor.
Porque el Mundial terminó convirtiéndose en un fenómeno social. No solamente por las audiencias o las celebraciones en las calles. También porque jaló nuevos aficionados. Muchas mujeres que hasta hace poco veían el futbol con indiferencia hoy discuten alineaciones, celebran goles y sufren derrotas con la misma pasión que sus padres, hermanos o parejas.
Hace mucho que el futbol dejó de ser territorio exclusivo de hombres.
Todavía no pueden decir “llegamos todas”, pero la avalancha femenina ya nadie la detiene.
La Presidenta falló en sus cálculos. Incluso en la lectura del ánimo de su propio género.
Mientras la estrategia política de la llamada Cuarta Transformación ha consistido en dividir para consolidar apoyos, el futbol hizo exactamente lo contrario: unió. Sin discursos. Sin mañaneras. Sin propaganda. Apenas con una playera verde y noventa minutos de esperanza.
Tal vez ahí está la explicación del silencio oficial.
Porque una multitud unida siempre representa una fuerza difícil de administrar.
Ahora, si el gobierno no organiza el homenaje que merece esta Selección, será la propia afición quien lo haga. Y quizá no uno, sino varios. Porque el reconocimiento ya dejó de depender del poder. Pertenece a la gente.
El riesgo para el régimen no está en el futbol.
El riesgo está en descubrir que millones de mexicanos sí pueden caminar juntos cuando encuentran una causa que los emociona.
Y cuando una sociedad descubre que puede unirse, inevitablemente comienza a buscar liderazgos.
¿Otro Cuauhtémoc?
No. Con uno ya tuvimos suficiente.
Pero esa enorme afición hoy comparte algo más que una pasión deportiva.
Comparte la experiencia de sentirse unida.
Y eso, en política, siempre termina siendo mucho más peligroso que un gol de último minuto.
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