Hoy en México a pesar de nuestras luces y sombras, gozamos de libertades. La alternancia política es muestra de ello, también lo es la libertad de expresión, hoy amagada por el proyecto de censura burdamente disfrazado como “ Los Derechos de las Audiencias”. De igual manera, la libertad de culto es otra realidad.
El México precortesiano fue una teocracia y la conquista se justificó con la necesidad de traer la verdadera fe al Nuevo Mundo. La nación mexicana se fundó en el mestizaje pero también en la evangelización y el sincretismo. La religión católica rigió la vida cotidiana en el virreinato y consolidó a la iglesia como el contrapeso al poder del Rey. La guerra de Independencia inició bajo el estandarte Guadalupano y el Cura Morelos estableció en Los Sentimientos de la Nación, que la Religión Católica sería la única, sin tolerancia de otra.
Una vez alcanzada la independencia, la iglesia no perdió poder sino todo lo contrario, hasta que en diciembre de 1857 comenzó la Guerra de Reforma, el conflicto que moldeó al Estado laico mexicano. La segunda mitad del siglo XIX fue momento de enfrentamientos con la religión presente, como la Guerra de las Castas en Yucatán, durante la cual los insurrectos mayas aseguraban recibir instrucciones militares de la Cruz Parlante o bién la Rebelión de Tomochic, en la región tarahumara de Chihuahua, donde los embravecidos rebeldes se alzaron no solo por cuestiones sociales, sino también religiosas al defender a Teresa Urrea, la Santa de Cabora, una joven mística no reconocida por la Iglesia Católica.
El porfiriato respetando el rango constitucional de la Leyes de Reforma, supo llevar una relación diplomática y de concordia con el clero que no perdió influencia a pesar de haber militado anteriormente en el bando conservador e imperialista. En una paradoja, es importante recordar que durante el efímero Segundo Imperio, el Nuncio Apostólico Pedro Francisco Meglia, abandonó el país ante la negativa de Maximiliano de derogar las Leyes de Reforma. Las relaciones entre México y la Santa Sede no se reanudaron de manera formal sino hasta 1992, con el Presidente Salinas de Gortari del PRI, el partido heredero del PNR del Presidente Calles.
La Revolución Mexicana devino en expresiones anticlericales y en la promulgación de la Constitución de 1917, que refrendó el carácter laico del Estado Mexicano. Pero el barril de pólvora no voló por los aires hasta la llegada al poder del Presidente Calles, quien asumió la presidencia en 1924. El sucesor del General Obregón promulgó la “Ley Calles”, precepto expresamente anticlerical, que más allá de ejecutar lo dispuesto en la Constitución con respecto a la relación Iglesia-Estado, desató una furiosa persecución en su contra. El gobierno acotó la vida cotidiana de la Iglesia y expulsó a sacerdotes y obispos del país. Los centros educativos administrados por el clero fueron cerrados, se suprimieron las órdenes religiosas y los conventos.
La comunidad católica organizada respondió con un boicot que afectó a la economía nacional, los católicos no compraron billetes de lotería, combustible o artículos que beneficiaran económicamente al gobierno. Pero lo anterior no fue suficiente y Calles recrudeció sus acciones, incluso promovió la creación de la “Iglesia Católica Apostólica Mexicana” con sede en la Iglesia de la Soledad, en el Barrio de la Merced, en la Ciudad de México, siendo liderada por el Patriarca José Joaquín Pérez Budar, un renegado sacerdote oaxaqueño quien en su lecho de muerte en 1931, se reconcilió con la Iglesia de Roma y se confesó.
Para el 31 de julio de 1926, la situación era insostenible, entonces el clero mexicano con la autorización del Vaticano, decretó la suspensión de cultos y el cierre de los templos católicos. La decisión no fue menor, por primera vez en 405 años se cerraron las iglesias y no se administraron los sacramentos en un país mayoritariamente catolico. La consecuencia fue inmediata, un día como hoy en 1926, estalló la Guerra Cristera o la Cristiada, que manchó de sangre a un México que apenas salía de un cruento conflicto armado. Los brotes de rebelión surgieron en diversas partes del territorio nacional, pero con particular acento e intensidad en los Estados de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima, Querétaro y Aguascalientes.
Como suele suceder en los conflictos religiosos, la violencia y el fanatismo fueron extremos. Las tropas del gobierno fusilaron a sacerdotes y a fieles arrasando los templos. Los cristeros también cometieron excesos, como el ocurrido en abril de 1927, cuando una escolta de 50 hombres del 48 Regimiento de Artillería sucumbió protegiendo a los pasajeros del tren que corría de Guadalajara a México. Los asaltantes del tren, poco más de un millar, se comportaron como todo, menos que como defensores de la fe.
Las fuerzas del gobierno contaron con la ventaja de un ejército ya profesionalizado, bien armado, con aviación y mandos competentes fogueados en la Revolución. Los Cristeros, con el valor y la pericia del ranchero mexicano, pero también con el fervor por su causa. La guerra cobró 250,000 vidas y una cantidad similar de católicos fueron desplazados principalmente a Estados Unidos. El descontento popular y la magnitud del conflicto, llevaron al gobierno y al clero a negociar la paz, la cual se alcanzó el 21 de junio de 1929, con la firma de los “Arreglos” a través de la mediación de Dwight Morrow, el famoso embajador americano.
Como testimonio de aquel sangriento e innecesario conflicto ha quedado la monumental obra de Jean Meyer: “La Cristiada”, texto que rompió el discurso oficial aludiendo al conflicto como una expresión de fanatismo o de Derechas radicales, en cambio quedó constancia de una profunda herida propia de las guerras fratricidas. Hoy a cien años de aquellas jornadas, surge la reflexión que nos brinda un último boletín de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) referente al polémico centenario: la libertad de culto es un Derecho Humano, no se deben exaltar las armas, ni tampoco idealizar la violencia, venga del bando que venga. Pero sobre todo, los cien años del inicio de la Cristiada no deben abrir heridas entre los mexicanos, sino curarlas.