Más allá del firme compromiso como garantes de la soberanía nacional, la seguridad interior y el bienestar general de la sociedad en su conjunto, es de sobra conocida la natural vocación de las Fuerzas Armadas mexicanas como custodios del patrimonio artístico, histórico y cultural de México. Aquí destacan la Sección de Historia de la Dirección General de Archivo e Historia de DEFENSA y la Unidad de Historia y Cultura Naval de Marina (SEMAR).
A ellas se añaden la red museos militares y navales, así como los edificios históricos que albergan a unidades operativas o dependencias, tales como el casco de la hacienda de Buenavista, Cuartel General de la 24 Zona militar en Cuernavaca o bien el magnífico Museo Naval en el puerto de Veracruz, que fue sede de la Escuela Naval Militar y epicentro de la batalla del 21 de abril de 1914. También existen recintos construidos ex profeso como él moderno Museo de la Fuerza Aérea Mexicana en el Aeropuerto Felipe Ángeles o la Plaza del Servicio a la Patria en el Campo Marte.
De ahí que fue atinada la decisión del Alto Mando de DEFENSA, que se dio a conocer el día de ayer en diversos medios de comunicación, en el sentido de reubicar el museo magno del ejército proyectado en Chapultepec. Sin menoscabo de los museos y edificios históricos ya existentes, México tiene la asignatura constante y permanente de robustecer su identidad y memoria histórica, la cual va ineludiblemente ligada a las gestas armadas de su pueblo. Es por ello que sin menoscabo de lo ya existente, México merece un magno museo militar.
La identidad de las naciones, no se puede entender sin las proezas en los campos de batalla. Así es como existen formidables monumentos y museos militares a lo largo y ancho del planeta. Un referente está en el Museo Naval en Madrid, más allá de su extraordinario acervo, para los mexicanos que lo visitan, no deja de ser motivo de orgullo admirar lo relativo a las fortificaciones y puertos novohispanos y también a la plata y porcelana que dan cuenta de la prosperidad del Galeón de Acapulco.
El centro histórico de la Ciudad de México, es sin duda alguna el corazón de la patria. Los mexicanos de todos los confines y todas las condiciones sociales lo caminamos satisfechos atesorando costumbres, recuerdos personales y admirando un pasado que se remonta a 1325. El recorrido transcurre entre museos, iglesias, placas de talavera adosadas a los muros, monumentos, palacios y vestigios precortesianos, pero también pasando al lado de tiendas, restaurantes, viejas cantinas y toda suerte de negocios imaginables.
Para fines del siglo pasado el centro histórico estaba deteriorado, pero a partir de 1980 comenzaron los esfuerzos que llevaron a su rehabilitación. Primero con el descubrimiento del Templo Mayor, después con la declaratoria de Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1987 y finalmente con las obras para remozarlo con el cambio de siglo. Sin embargo, el casco de la antigua Ciudad de los Palacios es enorme, y así como hay zonas rescatadas, también las hay desordenadas, secuestradas por el cáncer del ambulantaje, de grupos al margen de la ley y con no pocos inmuebles históricos con riesgo de desaparecer. Es aquí donde destaca el barrio de la Merced, de reminiscencia prehispánica y una de las zonas más antiguas y tradicionales de la ciudad. Ahí se levanta el popular Mercado de la Merced, uno de los más importantes de la ciudad.
Cuando Cortés desembarcó en México, entre sus tropas vino Fray Bartolomé de Olmedo, capellán de los conquistadores y quien inició la rica tradición de los mercedarios en estas tierras. Alrededor de 1595 y provenientes de Guatemala, los mercedarios comenzaron la construcción de un gran convento que dio nombre al populoso barrio. En 1676 se inició bajo el mecenazgo del Conde de Miravalle, la construcción del imponente claustro que sin temor a exagerar es una de las expresiones más bellas del arte mudéjar en el continente. Durante la Reforma, el convento fue fraccionado, pero afortunadamente el claustro se conservó. El convento también es famoso porque ahí vivieron a principios del siglo XX, entre amores y desamores, el talentoso Dr. Atl y su musa Nahui Ollin, extraordinaria pintora y precursora del feminismo en México.
Hoy el Convento de la Merced, bajo custodia del INAH está comprometido y requiere una costosa restauración, por lo mismo está cerrado al público. Difícilmente el INAH podrá llevar a cabo las obras que son necesarias y urgentes. Una propuesta interesante estriba en que la Secretaría de Cultura entregue el monumento a las Fuerzas Armadas, para que sea destinado al magno museo en cuestión.
De está forma no solo se concretará el gran proyecto museístico de historia militar, sino se salvará una de las manifestaciones más importantes del patrimonio monumental en el país. Evidentemente la llegada del museo a la Merced, redundará en el rescate, ordenamiento y rehabilitación de la zona. DEFENSA y SEMAR, cuentan con los ingenieros e historiadores, pero también deben incorporar museógrafos, curadores, restauradores, y asociaciones como el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, A.C. que abonarán para hacer de este museo, uno de los proyectos culturales más importantes de nuestra historia.
La rehabilitación que ya se ha hecho de zonas del centro histórico de la Ciudad de México, muestra que el magno museo militar en el Convento de la Merced es posible, ojalá así sea para gloria de México a 205 años del nacimiento de su Fuerzas Armadas y del inicio de su derrotero como nación independiente.