Columna de opinión
La Sombra del Caudillo
José Luis Parra
José Luis Parra
En la soledad de su despacho, la presidenta Claudia Sheinbaum podría estar enfrentando la decisión más trascendente de su carrera política: Defender a los suyos de palabra y proceder contra ellos en los hechos. O, de plano, asumir la sentencia que suele imponerse cuando los proyectos políticos llegan a su límite: Renovarse o morir.
Porque una cosa es heredar el poder y otra muy distinta ejercerlo. Sobre todo cuando la herencia viene acompañada de compromisos, complicidades, estructuras enquistadas y liderazgos que parecen confundir la transformación con el derecho a disfrutar de sus beneficios.
El modelo político que pretendió consolidar el régimen obradorista enfrenta una contradicción difícil de ocultar: Prometió combatir los vicios del pasado, pero hoy carga con cuestionamientos sobre prácticas que juró desterrar.
Y ahí está el verdadero dilema de Sheinbaum.
Si decide acompañar hasta las últimas consecuencias a quienes la llevaron al poder, corre el riesgo de comprometer su credibilidad, cargar con responsabilidades políticas ajenas y, eventualmente, enfrentar problemas legales si las investigaciones alcanzaran a su administración.
Peor aún, podría pasar a la historia como una presidenta que, teniendo la oportunidad de construir su propio gobierno, terminó arrastrada por una ideología envejecida y por los intereses de quienes se acostumbraron a mandar sin rendir cuentas.
Pero tampoco parece dispuesta a resignarse a ese destino.
Hasta hoy se observa a una presidenta que intenta construir su propio andamiaje político, sin depender por completo de las estructuras que le heredó el caudillo, su antecesor Andrés Manuel López Obrador.
El problema es que nadie sabe hasta dónde pretende llegar.
Quizá ni ella misma.
Lo cierto es que, entre decisiones, silencios y movimientos políticos, parece ir socavando gradualmente las estructuras que la llevaron a Palacio Nacional.
Desacredita, directa o indirectamente, a algunos de sus camaradas; resta espacios de operación a grupos identificados con el obradorismo y busca concentrar decisiones que antes parecían reservadas para otros centros de poder.
Pero todavía no se decide a cortar las cabezas del poder compartido.
Y razones podría tener.
Porque esos liderazgos, aunque desgastados, conservan estructuras territoriales, operadores políticos, recursos y capacidad de movilización. No son precisamente figuras decorativas a las que se pueda mandar al retiro con una palmadita en la espalda.
Incluso podrían intentar convertir la revocación de mandato en un instrumento de presión política, aunque una cosa sería amenazar con utilizarla y otra reunir las condiciones legales y el respaldo necesario para hacerlo.
De ahí que Sheinbaum pudiera estar administrando los tiempos con una paciencia que algunos interpretan como debilidad y otros como estrategia.
Tal vez en sus ratos libres esté leyendo y releyendo aquel capítulo de la historia nacional en el que Lázaro Cárdenas decidió terminar con el Maximato y expulsar del país a Plutarco Elías Calles.
La historia no se repite de manera exacta, pero suele ofrecer lecciones incómodas para quienes pretenden gobernar bajo la sombra de su antecesor.
Cárdenas entendió que no podía consolidar su presidencia mientras otro conservara los hilos del poder.
Sheinbaum tendrá que resolver si enfrenta una circunstancia semejante.
O quizá esté apostando a que Estados Unidos termine haciendo parte del trabajo político que internamente resultaría demasiado costoso.
Las presiones provenientes del vecino país, particularmente en asuntos de seguridad, corrupción y posibles vínculos de personajes políticos con organizaciones criminales, podrían modificar los equilibrios internos del régimen.
Aunque esperar que una potencia extranjera resuelva las disputas domésticas tampoco parece la mejor manera de acreditar independencia política.
Pero más allá de nombres, destituciones o eventuales procesos judiciales, existe un asunto fundamental.
El dinero.
Porque las estructuras políticas no sobreviven exclusivamente de discursos, lealtades ideológicas o fotografías con el fundador del movimiento.
Necesitan recursos.
Y mientras sus operadores conserven acceso a los flujos financieros que les permiten mantener influencia territorial y capacidad de negociación, cualquier intento de desplazarlos podría resultar insuficiente.
Por eso, si Sheinbaum realmente pretende instaurar un régimen propio, tendría que revisar los mecanismos de financiamiento y las posiciones institucionales desde las que esos grupos conservan poder.
Claro, siempre mediante decisiones legales, transparentes y sustentadas en pruebas. No se trata de sustituir unas arbitrariedades por otras.
La pregunta de fondo es si la presidenta está dispuesta a construir el claudismo sin el tutelaje del obradorismo.
Porque gobernar con los propios no necesariamente significa gobernar para los intereses de los propios.
Y tarde o temprano tendrá que decidir si su prioridad es preservar intacta la herencia política recibida o ejercer plenamente la autoridad que constitucionalmente le corresponde.
Una ruptura de esa magnitud podría encontrar respaldo entre sectores sociales y políticos interesados en una presidencia autónoma, aunque también provocaría resistencias dentro del movimiento que la llevó al poder.
El desafío no sería menor.
Al final, Claudia Sheinbaum tiene enfrente dos caminos: Administrar los intereses de quienes la hicieron presidenta o asumir el costo de construir una presidencia verdaderamente suya.
Lo que no podrá hacer indefinidamente es transitar por ambos.
Porque en política, como en cirugía, hay momentos en los que el bisturí deja de ser una opción.
Y se convierte en una necesidad.
Por lo pronto podría estar reescribiendo la sombra del caudillo, una novela que retrata la lucha por el poder, la corrupción y el autoritarismo en el México posrevolucionario.
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