Columna de opinión
Los límites del populismo permanente. El momento de la verdad en las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos
Fernando Pescador
POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.
Las elecciones de mitad de mandato de 2026 en Estados Unidos no fueron un mero acontecimiento político interno. Constituyeron un referéndum sobre el papel de Estados Unidos en el mundo y una señal de advertencia para gobiernos, inversionistas y competidores estratégicos, desde Bruselas hasta Beijing.
Tras los comicios del 3 de noviembre, el Partido Demócrata se hizo con el control de ambas cámaras del Congreso, en lo que muchos comentaristas norteamericanos han calificado de “ola azul”. Los demócratas obtuvieron la mayoría en el Senado y lograron avances sustanciales en la Cámara de Representantes, revirtiendo el impulso apenas dos años después de que dicho partido regresara a la Casa Blanca.
Para la comunidad internacional, no obstante, el significado de este resultado trasciende con creces la aritmética parlamentaria. Las elecciones ponen de manifiesto las crecientes tensiones entre las ambiciones geopolíticas de Estados Unidos y las realidades internas a las que se enfrentan sus ciudadanos. Y, quizás más importante, plantean nuevos interrogantes sobre la sostenibilidad del liderazgo global estadounidense en un momento de creciente inestabilidad internacional.
Durante gran parte de la última década, los observadores en el extranjero han interpretado la política estadunidense a través del prisma del populismo, la polarización y la lucha cultural. Sin embargo, las elecciones de mitad de mandato de 2026 sugieren que podría seguir predominando una realidad política más tradicional, porque los votantes castigan a los gobiernos cuando las guerras se vuelven costosas y el nivel de vida se deteriora.
La derrota republicana parece haber sido impulsada por tres factores interconectados. El primero es la guerra en curso con Irán. Según análisis postelectorales, el conflicto que se ha prolongado ya siete meses se convirtió en un lastre político considerable. Este conflicto inconcluso alejó a los votantes independientes e incluso a la base republicana que había apoyado en su momento a Trump y Vance.
El segundo factor es la economía. El aumento de los precios del combustible, los gastos de atención sanitaria y una inflación persistente ejercieron una creciente presión sobre los hogares. Las encuesta a pie de urna, citadas en a cobertura postelectoral, indicaron que el costo de la vida fue uno de los factores más determinantes en el comportamientos de los votantes.
El tercer factor fue el creciente rechazo a las políticas arancelarias y las perturbaciones comerciales que han generado. Las medidas destinadas a promover el nacionalismo económico se asociaron cada vez más con un aumento en los costos para los consumidores, mientras que los controvertidos acuerdos energéticos avivaron aún más la crítica hacia la gestión económica de la administración Trump.
Para los gobiernos extranjeros, estos acontecimientos encierran lecciones importantes.
Cada elección en Estados Unidos repercute en el sistema internacional, dado que el país sigue siendo la principal potencia militar, financiera y diplomática del mundo. Cuando los votantes estadounidenses rechazan a una coalición gobernante, tanto aliados como rivales intentan comprender las implicaciones estratégicas.
Es probable que los gobiernos europeos interpreten los resultados electorales como una prueba de la creciente resistencia interna a mantener compromisos militares en el extranjero. Por su parte, los líderes de Oriente Medio podrían concluir que futuras intervenciones estadounidenses se enfrentarán a un mayor escrutinio político a nivel interno.
Entretanto, los responsables políticos chinos verán, casi con seguridad, estos resultados como un recordatorio más de que las condiciones económicas internas siguen condicionando la capacidad de Washington para sostener una competencia geopolítica a largo plazo.
Ello no implica necesariamente un repliegue en el papel de Estados Unidos. Más bien, pone de relieve una realidad cada vez más relevante. La política exterior se ha vuelto inseparable de la economía doméstica.
En las democracias avanzadas, los votantes evalúan cada vez más los compromisos internacionales a través de sus repercusiones internas. Las operaciones militares, los regímenes de sanciones, las rivalidades estratégicas y las disputas comerciales ya no se analizan únicamente bajo el prisma de la seguridad nacional. Ahora también se miden en función de la inflación, los salarios, los precios de la energía y el poder adquisitivo.
En este sentido, las elecciones de mitad de mandato de 2026 forman parte de una tendencia internacional más amplia. Gobiernos desde Europa hasta América Latina han constatado que el respaldo público a ambiciosas agendas geopolíticas se debilita considerablemente cuando los ciudadanos se sienten económicamente inseguros. Si bien la competencia estratégica puede dominar el discurso de las élites, las elecciones se siguen ganando, o perdiendo, en el supermercado, la gasolinera y en la gestión del presupuesto familiar.
Quizás la consecuencia a largo plazo más importante de estos comicios sea la lucha política que se está desarrollando actualmente en el seno de la derecha estadounidense.
El vicepresidente JD Vance respondió a la derrota republicana con un diagnóstico notablemente directo, argumentando que la guerra en Irán fue la causa principal de las derrotas de su partido. Al distanciarse públicamente de una de las políticas definitorias de la administración, Vance hizo algo más que explicar un revés electoral, de hecho, marcó el inicio de una pugna por el futuro del conservadurismo estadounidense.
Sus esfuerzos por construir una coalición de “Nueva Derecha” sugieren que la era posterior a Trump podría no girar en torno a un regreso al republicanismo tradicional, sino más bien sobre una versión contrapuesta al populismo. Es probable que una facción abogue por una política exterior más contenida, centrada en las prioridades económicas internas. Otra, en cambio, podría seguir apostando por un papel internacional aún más expansivo, manteniendo al mismo tiempo la retórica nacionalista que transformó la política estadounidense durante la última década.
Sería de esperar que figuras influyentes como, Steve Bannon, desempeñen un papel central en ese debate, procurando garantizar que el populismo de base siga siendo la fuerza predominante dentro del movimiento conservador. Al mismo tiempo, las mayorías demócratas, que se han fortalecido tras la elección, estarían preparando amplias investigaciones de control que podrían ejercer una presión adicional sobre figuras clave vinculadas a la administración Trump.
Para México, el resultado electoral tiene una importancia particular, porque ningún país está más expuesto a las consecuencias de la política interna estadounidense. El revés sufrido por los republicanos sugiere que algunas de las políticas que generaron fricciones bilaterales, incluidas las amenazas arancelarias agresivas, las medidas comerciales coercitivas y los enfoques sobre migración centrados casi exclusivamente en la seguridad, podrían encontrar una mayor resistencia en el Congreso.
Sin embargo, México no debe esperar un cambio fundamental en las prioridades estratégicas de Washington. Cuestiones como la migración desordenada, el tráfico de fentanilo, la seguridad fronteriza y la inversión china en la zona de América del Norte seguirán siendo objeto de atención por parte de ambos partidos. Lo que podría cambiar es el método, más que el objetivo.
La lección para el gobierno de México es que el desafío ya no consiste en prepararse para una agenda política estadounidense única, sino en desenvolverse en un Estados Unidos cada vez más dividido, cuyos debates internos se han convertido en un factor determinante de las relaciones bilaterales.
SAGRADAS ESCRITURAS: Proverbios 29:2
Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; cuando domina el malvado, el pueblo gime.
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