Enaela García CEO de CYCSAS
Los ciberataques dejaron de ser una amenaza para el mañana. En México ya forman parte de la realidad cotidiana de empresas, instituciones públicas y ciudadanos. En 2024 se alcanzó una cifra récord de 324 mil millones de intentos de ataque y, durante el primer trimestre de 2025, se contabilizaron 35.2 mil millones, de acuerdo con el Global Threat Landscape Report 2025 de Fortinet.
Pero detrás de estas cifras hay algo más preocupante: organizaciones que detienen operaciones, información personal expuesta y millones de pesos en pérdidas.
Los casos sobran. En 2018, el ataque al SPEI demostró que incluso la infraestructura financiera puede ser vulnerada. Las filtraciones de datos personales ocurridas en los últimos años pusieron sobre la mesa otro problema: la información de los ciudadanos se ha convertido en uno de los activos más atractivos para los delincuentes. Y ataques de ransomware como los sufridos por Coppel y Bimbo confirmaron que una intrusión puede paralizar operaciones y convertirse rápidamente en un problema financiero y reputacional.
Lo más inquietante es que los atacantes tampoco se quedan quietos. Utilizan inteligencia artificial, perfeccionan el phishing, explotan vulnerabilidades y siguen encontrando en el factor humano una de sus principales puertas de entrada.
Por eso, hablar de ciberseguridad únicamente como un asunto tecnológico es un error. Tener herramientas de protección no sirve de mucho si una organización no cuenta con procesos, capacitación, monitoreo y protocolos claros para responder ante un incidente.
La pregunta tampoco debería ser si una empresa será atacada. Con el panorama actual, esa posibilidad debe asumirse como parte del riesgo.
La verdadera pregunta es otra: ¿qué tan preparada está una organización para detectar el ataque, contenerlo y continuar operando? En materia de ciberseguridad, esperar a ser víctima para actuar puede ser la decisión más costosa.
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