Columna de opinión
El mismo partido
José Luis Parra
José Luis Parra
La fiebre mundialista apenas comienza, pero ya quedó rebasada por otra mucho más intensa: la fiebre política.
Miles de aspirantes andan desde ahora colgados de cualquier liana disponible, como modernos Tarzanes en busca de la siguiente rama presupuestal. No importa que falten años para las elecciones. No importa que la ley diga una cosa y la realidad otra. La carrera arrancó y nadie quiere quedarse atrás.
Todos aseguran que su motivación es servir a México. El problema es que muy pocos se detienen a responder una pregunta elemental: ¿qué le han aportado ellos a México o siquiera a sus estados de origen?
La respuesta suele ser incómoda por su sencillez.
Nada.
Pero en la nobleza política moderna eso parece irrelevante. Muchos se sienten tocados por alguna gracia divina. Otros fueron designados por las cúpulas partidistas. Algunos más compraron su oportunidad. Y unos cuantos simplemente aparecieron porque alguna fuerza superior decidió acomodarlos en la fila de los elegidos.
El resultado es el mismo: una larga lista de suspirantes convencidos de que les toca gobernar.
Curiosamente, el fenómeno se parece mucho al futbol mexicano.
Cada cuatro años escuchamos que ahora sí. Que viene la generación dorada. Que el proyecto es distinto. Que esta vez llegaremos a semifinales o incluso a la final. Los directivos venden esperanza, los analistas fabrican expectativas y los aficionados compran el boleto emocional.
Después llega la realidad.
La selección fracasa.
Los políticos también.
Ambos decepcionan, ambos prometen corregir y ambos regresan para anunciar que la próxima será diferente.
Y la próxima nunca llega.
México lleva décadas atrapado en ese círculo vicioso donde los mismos actores administran los mismos fracasos mientras exigen una nueva oportunidad para demostrar que ahora sí aprendieron la lección.
Quizá por eso la solución sea más radical de lo que muchos imaginan.
Tal vez sea momento de cambiar de jugadores y de directivos. En ambas canchas.
Porque el sistema actual ya no funciona. Ni en las urnas ni en la cancha.
Sin embargo, la apatía ciudadana sigue siendo el mejor aliado del establishment. La ausencia de liderazgos reales mantiene a millones resignados a escoger entre las mismas opciones de siempre, como si el menú fuera eterno.
Pero ninguna estructura es permanente.
La abulia termina el día que una sociedad decide dejar de aplaudir a quienes la han decepcionado una y otra vez.
Ese día llegará.
Algún día.
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