Columna de opinión
Sinaloa: Entre desplazados y narcocorridos
José Luis Parra
José Luis Parra
En Sinaloa la narcoguerra tiene dos caras: Miles de familias huyen de sus comunidades para salvar la vida, mientras otras se preparan para disfrutar de conciertos con narcocorridos y música bélica. Unos escapan de las balas y otros pagan por escuchar canciones que glorifican a personajes del crimen organizado.
Así de contrastante es la realidad sinaloense.
Por un lado, el gobierno estatal reconoce que no tiene un registro completo de las familias desplazadas por la guerra entre Los Chapitos y Los Mayos. Por el otro, empresarios del espectáculo preparan el Palenque de Culiacán con artistas como Panter Bélico, Los Alegres del Barranco y Arley Pérez.
La guerra expulsa familias de sus hogares. Y la música que recrea ese mundo criminal sigue siendo un atractivo comercial.
Negocio redondo. Aunque con algunos riesgos.
La gobernadora interina Graciela Domínguez Nava reconoció que el padrón oficial de desplazados no refleja la dimensión real del problema. La Secretaría de Bienestar tiene registradas 3 mil 619 familias, pero muchas otras prefieren permanecer en el anonimato por miedo, desconfianza o simple desconocimiento.
Ahora el gobierno analiza realizar otro diagnóstico, en coordinación con la Universidad Autónoma de Occidente, para conocer cuántas familias han tenido que abandonar sus comunidades.
Es decir, después de más de dos años de narcoguerra todavía no saben con precisión cuántas familias han perdido sus hogares.
Y mientras las autoridades buscan cómo contarlas, los desplazados buscan dónde vivir.
Concordia, Badiraguato y Culiacán figuran entre los municipios más afectados. Mazatlán y la capital sinaloense reciben buena parte de esa población que dejó atrás casas, parcelas, animales, pertenencias y, en muchos casos, toda una vida.
El gobierno anunció 75 millones de pesos para atender a las familias desplazadas, de los cuales 38 millones se destinarán a la entrega de lotes.
Bien por los apoyos.
Pero habría que preguntarse si entregar un terreno resuelve el problema de fondo. Porque una cosa es proporcionar un espacio para construir una nueva vivienda y otra muy distinta garantizar que esas familias puedan regresar a sus comunidades sin temor a ser asesinadas.
¿O el desplazamiento forzado ya se acepta como parte de la normalidad sinaloense?
Y aquí aparece la otra cara de la moneda.
El Palenque de Culiacán anuncia su cartelera para noviembre y la participación de intérpretes identificados con los narcocorridos despierta una peculiar mezcla de entusiasmo y temor entre los aficionados.
Uno de los comentarios publicados en redes sociales resume el ambiente: “Quiero pero me da miedo”.
Vaya contradicción.
Los aficionados quieren asistir a escuchar música bélica, pero piden garantías de seguridad para evitar que la violencia real aparezca en medio del espectáculo.
Quieren corridos de balazos.
Pero sin balazos.
Claro, una cosa es escuchar canciones sobre sicarios y capos, con cerveza en mano, y otra muy distinta encontrarse en medio de una balacera.
Los empresarios tienen derecho a organizar espectáculos y los ciudadanos a disfrutar de la música de su preferencia. También es cierto que estos eventos generan empleos y movimiento económico para comerciantes, taxistas, meseros y otros prestadores de servicios.
No se trata de satanizar un género musical ni responsabilizar automáticamente a sus intérpretes de la violencia. El problema es bastante más profundo.
Sinaloa vive una guerra criminal que inició el 9 de septiembre de 2024 y cuyas consecuencias siguen castigando a la población civil. Hay muertos, desaparecidos, comunidades abandonadas y miles de familias desplazadas.
Y en ese escenario resulta inevitable cuestionar la normalización de una cultura que convierte en entretenimiento los personajes, las armas y las historias de ese mismo mundo criminal.
Obviamente, prohibir canciones no acabará con los cárteles.
Como tampoco entregar lotes terminará con el desplazamiento forzado.
Son asuntos diferentes, pero unidos por una misma realidad: El enorme poder que ha adquirido el narcotráfico sobre la vida cotidiana de Sinaloa.
El verdadero reto del gobierno no es solamente contar desplazados o reforzar filtros de seguridad en los palenques. Es recuperar el control de territorios donde las familias no pueden vivir y garantizar que los ciudadanos puedan acudir a un espectáculo sin miedo.
Por lo pronto, las autoridades buscan saber cuántas familias han sido expulsadas por la violencia y los organizadores de conciertos buscan llenar el redondel.
Unos necesitan viviendas.
Otros, boletos.
Y todos, seguridad.
Porque en Sinaloa la narcoguerra ya produjo una paradoja: Hay quienes abandonan sus pueblos para escapar de los hombres armados y quienes temen asistir a un concierto donde se canta sobre ellos.
La tragedia es real.
El espectáculo también.
Y el miedo no necesita boleto.
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